GERMÁN - CAPÍTULO 21: CÉSAR

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—Buenas tardes, inspector.

—Buenas tardes, Carmen.

—Con leche y extra de azúcar —dijo Agustín cediéndole un café a su superior y uniéndose al grupo.

—¿Estás preparado?

Agustín, sin disimular su nerviosismo, tomó aire y lo expulsó exagerando la maniobra.

—Creo que sí.

Germán le dio un sorbo al café mientras ponía en orden sus ideas.

—Bien. Recuerda adoptar una posición pasivo-asertiva, no queremos que César se encabrone; eso sí, que siga pensando que lo tenemos cogido por los huevos; me espero cualquier cosa de ese cabrón. Recuerda que necesitamos toda la información de la que disponga y que lo que queremos es encontrar a Rebeca con vida —añadió Germán.

—Lo sé.

—Pues vamos a por ello —celebró el inspector levantándose de la silla para darle dos golpes en el hombro al joven agente.

—Suerte —les deseó la informática.


César Gutiérrez se presentó puntualmente a la cita, con su uniforme de trabajo perfectamente planchado, el semblante arrogante marca de la casa y sin dejar un solo pelo de la cabeza al libre albedrío.

—Buenas tardes, César —comenzó el inspector dándole la mano—, ¿desea tomar algo? ¿Café, agua...?

—Un café con hielo —pidió mientras tomaba asiento y dejaba descansar la parte externa del tobillo izquierdo sobre su muslo derecho.

Germán hizo un gesto de aprobación a la cámara situada en una de las esquinas superiores de la estancia.

—Póngase cómodo —se obligó a decir, ignorando que el contable ya se había tomado la libertad de hacerlo.

Agustín tomó asiento al lado derecho de César Gutiérrez, tomando así un ángulo visual de cuarenta y cinco grados con cada uno de los presentes.

—Creo que ya sabe por qué estamos aquí.

—Vaya directo al grano, inspector —soltó el interrogado más pendiente de la posición que marcaban las agujas de su reloj de pulsera que de la situación en la que se encontraba.

—Vale, ¿dónde está Rebeca?

La pregunta: directa, tajante y fría desorientó a Agustín.

—No lo sé —afirmó César.

—Por supuesto que no —añadió el inspector sosteniéndole la mirada.

Mientras trataba de contener su temperamento indicó a Agustín que tomase la palabra.

—Buenas tardes. Soy el agente Agustín Fernández. ¿Podría decirme qué estaba haciendo usted en el día de ayer a las siete de la mañana?

—Claro, estaba desayunando con mi mujer.

Agustín tomó nota rápidamente.

—¿Y a qué hora salió de casa?

—Veinte minutos antes de mi hora de entrada, exactamente a las...

—¿Desde cuándo tiene una aventura con la desaparecida? —interrumpió el inspector.

—¿Eso es relevante?

—Sí.

—Desde hace unos tres o cuatro meses —contestó César restándole importancia.

El inspector volvió a cederle la palabra a Agustín, que se debatía entre continuar con las preguntas de rigor, las de libro, esas que le habían enseñado mientras estudiaba, o ir directo a las preguntas clave, pensando que cada segundo podrían estar más lejos de la chica.

—¿Tiene algún familiar o conocido en Sanjurjo Badía? —optó por tomar atajo.

—Supongo.

—¿Qué quiere decir?

—Que desconozco el domicilio de muchos de mis conocidos y perfectamente puedo conocer a alguien de la zona.

El inspector se levantó de su asiento y se movió veloz como un rayo para apoyar sus dos manos sobre el reposabrazos de la silla de César, quedando así a solo dos palmos de su rostro.

—¿Tiene usted a Rebeca retenida en contra de su voluntad?

—No —contestó el contable—, pero ¿por quién coño me han tomado? ¿Por un loco psicópata?

—¿Ha mantenido alguna relación sexual con Rebeca en algún lugar de Sanjurjo Badía?

—¡No! —volvió a responder el contable.

—¿Y entonces dónde tenía usted la desfachatez de ponerle los cuernos a su mujer?

César tragó saliva.

—Todavía no les he preguntado quién les ha dado esa información —soltó—, porque si yo voy a responder a todas estas preguntas estúpidas sin la presencia de mi abogado, creo que puedo permitirme el lujo de exigir algo a cambio.

—Secreto de sumario —respondió el inspector volviendo a poner distancia con el interrogado.

—Gemma, por supuesto —afirmó el contable entornando los ojos.

Las miradas de Agustín y Germán se cruzaron en un instante de complicidad.

—No puedo darle esa información —repitió Germán mientras invitaba al joven agente a continuar con el interrogatorio.

—¿Le habló Rebeca de sus relaciones anteriores?

—Ni me habló sobre ellas ni se lo pregunté.

—¿No le interesaba?

—Obviamente no. Íbamos a lo que íbamos.

El rostro de Agustín adquirió un tono carmín desconocido para el inspector.

—¿Sabía ella que usted estaba casado?

—Ni idea.

Los dos agentes volvieron a cruzar las miradas y, antes de que Germán volviese a cederle la palabra a su subordinado, este se puso en guardia y tomó la palabra.

—¿No pensó en ningún momento en la posibilidad de contagiar a su mujer con alguna enfermedad de transmisión sexual? Rebeca bien podría ser una promiscua —añadió Agustín.

—Oiga, con su volumen, dudo mucho que llegase a alcanzar nivel alguno de promiscuidad, así que: no, no iba a contagiarme de nada.

—Voy a por el café —añadió el agente dando un portazo a su salida.

—Entonces afirma usted que han tenido relaciones sexuales sin utilizar método anticonceptivo alguno —continuó Germán.

—No, yo no he dicho tal cosa: Rebeca tomaba la píldora. Lo que he dicho es que no podía tener mucha experiencia con su obesidad mórbida y su carente atractivo.

La sala permaneció en silencio hasta que Agustín volvió a presentarse en ella portando un café con hielo.

—¿Tiene alguna pregunta más que hacerle a César Gutiérrez? —preguntó Germán a su subordinado mientras este colocaba torpemente el vaso de café delante del interrogado salpicando la mesa con parte de su contenido.

—Ninguna.

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