REBECA - CAPíTULO 9: LA PRIMERA DIETA

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Mis padres por fin habían comprendido que me sobraban algunos kilos, ya ninguno de los dos podía negarlo, y parecía ser un problema para todos. Cuando nos encontrábamos con algún conocido por la calle, ya nadie les decía lo guapa que estaba su hija. Se limitaban a esforzarse para no dejar a la vista las muecas de desprecio que sus rostros dibujaban de forma natural.

Una tarde, mi madre trajo a casa una revista que había visto en el escaparate de un kiosco. Anunciaba una colección de dietas en su interior "para lucir un cuerpo 10 este verano": la dieta del yogur, la de la manzana, la de los puntos... Y a los trece años hice mi primera dieta. Estaba ilusionada, al menos al principio, porque por primera vez veía de frente a mi problema de sobrepeso y tenía en mis manos una herramienta para solucionarlo.

Recuerdo que había unos vaqueros de mi prima Marta que no me servían y no podía soportar estar más gorda que ella. Le dije a mi madre que quería entrar en aquellos pantalones y ella me aseguró que en cuanto bajase los kilos que me sobraban (y me aseguró que no eran más de un par) me los pondría sin problema. Seguí la dieta a pies juntillas, adelgacé rápidamente tres kilos y medio y mi madre insistió en salir a celebrarlo. Me dijo que me pusiese los pantalones de la prima, que ya me iban a servir. Abrí mi armario, cogí los pantalones, me los subí hasta la cintura y ¡sorpresa! Todavía no me abrochaban. Me tumbé en la cama, metí estómago y, con todas mis fuerzas, logré cerrar aquel dichoso botón. No quería defraudar a mi madre, ella estaba tan contenta como yo por mi bajada de peso. Era un logro que ambas habíamos conseguido con esfuerzo. Salí de mi cuarto con la barriga asomándose peligrosamente por encima de la cinturilla del pantalón, pero bien disimulada gracias a mis camisetas enormes, y nos fuimos a comprar el primer helado tras una docena de días de agonía hipocalórica.

Volví entonces a mi vida normal.

En menos de un mes había subido los kilos perdidos y dos más de regalo. La sensación tras subirme a la báscula fue de desesperación absoluta. No entendía que el volver a mis hábitos suponía volver a mi peso y, aún menos, que unos kilos extra se instaurasen como troyanos en mi cuerpo. Ya no se trataba de volver al punto de partida. Ahora era mucho peor.

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