AGUSTÍN - CAPÍTULO 32: CULPABLE

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El inspector se encontraba de espaldas a él. Dirigía su mirada hacia el cadáver, luego lo hizo hacia el suelo, donde se hallaban algunas prendas mojadas (a pesar de que el cesto de la ropa sucia estaba pegado a la bañera), y volvió a mover el rostro hacia el cuerpo inerte de César Gutiérrez; intentando estudiar la escena con suficiente detalle.

—Adelante, Agustín.

El joven agente se sobresaltó.

—Te he visto en el reflejo del espejo —lo calmó el inspector.

—Buenas noches —saludó.

—¿Hay algo que te llame la atención? —preguntó Germán.

Agustín repasó la escena del crimen con la mirada.

—¿Dónde está el objeto con el que se cortó las venas? Debería estar por aquí.

—Encontraron un cuchillo de cocina dentro de la bañera. Ya se lo han llevado.

—¿Se han encontrado fármacos? ¿Alguna carta de despedida, quizá?

—No. Buscaremos en su portátil y en el teléfono móvil, pero todo apunta a que cogió el cuchillo, se encerró en el baño y, tras llenar de agua la bañera, efectuó dos cortes precisos sobre la piel. Luego, simplemente esperó a desangrarse.

El agente se situó a los pies del cadáver, la posición casi imposible de la cabeza le produjo náuseas.

—Bueno, está claro que no ha muerto por ahogamiento. Escogió una muerte más dulce.

El inspector giró sobre sus pasos y le hizo una señal a Agustín con la mano para que lo siguiese.

—Ponte unos guantes, vamos a buscar lo que no nos ha querido contar este tipo. Empieza por la habitación, yo iré al salón.

Decidió no hacer preguntas. Se puso unos guantes y comenzó a rebuscar entre los cajones del dormitorio principal. Empezó por la mesilla situada al lado derecho de la cama: en algún lugar había leído que ese lado era el preferido por los hombres, les hacía sentirse dominantes (o alguna chorrada por el estilo).

La mesilla de noche, compuesta por tres cajones, almacenaba calcetines en el compartimento inferior y calzoncillos en el central. Agustín removió un poco por si había algo escondido, pero no halló nada. Dejó el cajón superior para el final, ya que era el que solía contener los objetos más íntimos y personales de las personas. Dos mecheros, un monedero viejo con algunos céntimos y un ticket que ya había perdido el color, algunas fotografías viejas, una pulsera sin enganche, vaselina, un paquete de pañuelos medio vacío... El agente cerró el cajón y cambió de lado en la cama.

Su mujer parecía ser mucho más ordenada: todos los cajones contenían ropa interior perfectamente acomodada en una cuadrícula imaginaria y, el cajón superior, tan solo contenía unas gafas y una lámpara de lectura.

Le tocaba el turno a la cómoda, donde se almacenaban los medicamentos, fundas de cojines, material de pedicura y manicura, algunas cremas en el cajón superior... Nada que resultase relevante.

El armario también se dividía en dos mundos radicalmente opuestos: en el izquierdo, el lado de la mujer, las prendas se encontraban perfectamente organizadas, como el engranaje de un reloj analógico artesanal; mientras que el lado izquierdo era un batiburrillo de prendas con un orden imposible. Agustín comenzó a rebuscar entre los bolsillos de las cazadoras: un mechero, pañuelos usados, algunas monedas, papeles que debían estudiar con detenimiento... Pero nada que mereciese especial atención.

—¿Algo interesante? —preguntó el inspector desde la puerta.

—No —respondió Agustín—, ¿usted ha encontrado algo?

Germán entró en el dormitorio y cerró la puerta tras él.

—¿No vas a decirme nada, Agustín? —el inspector descendió el tono de voz unos cuantos decibelios.

—¿A qué se refiere?

—Soy, de alguna manera, responsable de la muerte de César. Los dos lo sabemos, Agustín.

El agente desvió la mirada. Ese pensamiento no había dejado de dar vueltas en su cabeza desde la llamada telefónica que había recibido hacía solo unos minutos.

—Usted no le cortó las venas —sentenció al fin.

—No, pero... digamos que le di un empujoncito... Artículo 143 del Código Penal.

—No estoy del todo de acuerdo...

—Ya sé que, al final, todo depende del ojo del juez.

Agustín pensó en cómo podría interpretarse el citado artículo para convertir aquella escena en un delito que podría conllevar una pena de prisión de 4 a 8 años para su superior.

—No creo que pueda entenderse como un delito de inducción al suicidio, inspector, creo que usted solo cometió el error de suponerle el padre de una supuesta criatura. Lo que él decidiese hacer después con esa información ya no le incumbe a usted.

Germán tomó aire y le dio las gracias a Agustín posando su mano derecha sobre el hombro izquierdo del agente.

—En unas horas, Carmen nos mostrará el lado oscuro de César. Vámonos, te invito a desayunar, me da que nos espera un día largo y será mejor enfrentarnos a él con el estómago lleno.

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