Por primera vez en toda mi existencia dejé de comer, de beber, de preocuparme por mi cuerpo o por mi vida. Sentía que mis días habían llegado a su fin.
Perdí la noción del tiempo: las horas de sueño y vigilia se alteraron profundamente dejándome en un confuso y continuo duermevela. Mientras estaba despierta pensaba en cómo quitarme la vida y, cuando me dormía, soñaba que lo estaba haciendo. Podía abrir la ventana y tirarme, pero no estaba segura de si la altura del edificio garantizaría mi muerte; podría plantarle fuego al sofá y llenar mis pulmones de humo, pero quizá alguien llamase a los bomberos antes de alcanzar mi cometido; también podría cortarme las venas y dejar que mi sangre se esparciese por el suelo, junto a la de Joan, pero quizá no lo hiciese bien y solo consiguiese quedarme inconsciente. No quería, bajo ningún concepto, despertarme horas después en una cama de hospital.
Soñaba que abría los brazos e iba volando hasta el puente de Rande, desde allí me lanzaba al vacío sabiendo que no cabía posibilidad alguna de salir con vida; también soñaba con una soga y una silla, pero no había ninguna cuerda de la que echar mano cuando abría nuevamente los ojos.
En aquellos días no pensé en mis padres ni por un momento, quizá porque ya tenía la certeza de que estarían mejor sin la mochila que ahora llevaba colgada a mi espalda: con tantos problemas, con tanto odio, con tanta ira y tanto rencor... Y con un hijo en camino cuyo padre podría ser cualquiera. Qué clase de vida podría darles y qué tipo de madre podría ser para aquel pequeño que nadie había decidido traer al mundo.
No sabía qué día era, pero había amanecido hacía ya algunas horas y decidí que era un buen momento para acabar con todo. Busqué en los bolsillos de Joan, lo había visto sacar mecheros del bolsillo de su pantalón en múltiples ocasiones. Allí estaba, un encendedor metálico con el escudo de un club deportivo en la parte delantera. Lo encendí y caminé alrededor del cuerpo inerte de aquel hombre del que alguna vez había estado ilusionada, quizá hasta enamorada, y no pude contener el llanto.
—¡¿Por qué?!
Le tiré el mechero a la cara y este rebotó en el suelo saliendo disparado hacia debajo del sofá. Caminé despacio hasta él, agachándome justo en el instante en el que alguien llamó a la puerta. Permanecí en silencio, incluso cuando insistieron tanto que tuve miedo de que echasen la puerta abajo. Era uno de ellos, reconocía su voz. ¿Venía solo? Quería que se fuese ya, el corazón me latía desbocado. Debería llamar a la policía y contarles todo lo que había pasado antes de quitarme la vida, quería tener la oportunidad de salvar a otras mujeres, pero no quería salvarme a mí, ¿cómo hacerlo?
—¡Rebeca!, ¿estás ahí?
Aquella voz era desconocida para mí.
—¡¿Pero a ti qué coño te pasa?!
—¡Rebeca!, ¿puedes oírme?
—¿Quién-coño-eres?
—¡Rebeca, sé que puedes oírme! ¡Soy el inspector de policía Germán Gómez! ¡Llevamos días buscándote! ¡Espero que estés bien! ¡He venido a ayudarte!, ¿me oyes? ¡En unos minutos todo el edificio...!
Oí un forcejeo.
—Hijo de puta.
La voz de uno de mis violadores se perdía escaleras abajo.
—¡Abre la puerta, Rebeca, estoy yo solo! ¡No hay nadie más! ¡Abre la puerta! Rebeca, por favor...
Puse la cadena y abrí la puerta con cautela. Podía estar mintiéndome, pero si había una única posibilidad de que aquel hombre dijese la verdad, iba a hablar, iba a dar nombres, lugares y fechas. Iba a salvar a otras víctimas que tuviesen la valentía de continuar con sus vidas después de atravesar un calvario semejante al que había pasado yo.
—¡Rebeca!
—¿Me está mintiendo? —pregunté entonces.
Aquel hombre de aspecto desaliñado lanzó su cartera hacia mí. Me agaché a recogerla.
—Ahí está mi placa, búscala.
El ruido que hizo el portal que daba a la calle al abrirse me asustó y cerré la puerta con fuerza.
—¡No! ¡No cierres la puerta!
Dejé caer la cartera, una pequeña fotografía salió despedida. Se trataba de un niño que me resultaba familiar, pero no podía detenerme a verle bien la cara. Encendí el mechero y prendí fuego a las cortinas, al sofá, a la ropa de Joan... No me quedaba tiempo, debía hacerlo ya. Las llamas comenzaron a ganar cuerpo y altura.
Me acurruqué en una esquina esperando mi muerte.
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Gorda
Mystère / Thriller¿Y si los complejos nos llevan a traspasar los límites más oscuros?
