Había pasado una noche de perros, con infinidad de despertares y pesadillas, pero no se atrevía a quejarse, cómo hacerlo cuando los padres de Rebeca seguramente habrían pasado toda la noche en vela.
—¿Algo de dónde tirar?
—No, Carmen, aunque me da mala espina César Gutiérrez, uno de los compañeros de trabajo de Rebeca. Voy a seguir sus pasos en los próximos días. ¿Tú qué has encontrado?
Carmen puso sobre el escritorio del inspector dos carpetas: una prácticamente vacía y otra de un grosor considerable.
—Información sobre los dos jóvenes con los que ha tenido citas Rebeca Ramírez, los que conoció en la web de citas a la que estaba suscrita —el inspector tomó las carpetas en sus manos y comenzó a hojearlas—. El primero se llama Jorge. Tienes ahí la transcripción de todas las conversaciones que mantuvieron, las fotografías que intercambiaron, etc. Quedaron en una cafetería de la Calle Arenal, quizá podamos mandar a alguien por si los trabajadores recuerdan algo que sea relevante o disponen de cámaras de seguridad.
—¿Y este otro? —El inspector sabía que si Carmen no le daba demasiada importancia al primero de los candidatos es que no la tenía, el segundo chico seguramente sería más interesante para la investigación.
—Este, el de la foto en pelotas, se llama Joan Marqués —señaló la ingeniera—. Tiene antecedentes por robo con violencia e intimidación, por violencia de género y por conducir hasta las cejas de coca y anfetaminas.
—Un buen elemento.
—Sí, y mentiroso compulsivo si me permites añadir. En las conversaciones con la desaparecida le faltó escribir que ayudaba a cruzar la calle a niños y ancianos.
—Típico —sentenció Germán.
El sonido de los nudillos sobre la puerta del despacho del director los sobresaltó.
—Disculpen —Agustín se aproximó a ellos con claros síntomas de nerviosismo y un pendrive en la mano—. Debería ver esto, inspector.
—¿De qué se trata? —Preguntó Germán mientras introducía el conector USB del pen en uno de los puertos de su ordenador portátil.
Agustín tomó aire y esperó a que se cargasen las carpetas.
—Estas son las imágenes de la cámara de seguridad de una pequeña tienda de alimentación situada en Sanjurjo Badía. Su dueña ni siquiera sabía de su existencia, se la instaló su hijo hace unos meses después de que atracasen un establecimiento cercano a punta de pistola.
—Las siete y cuarenta y seis —soltó el inspector.
—Correcto. Y... estas son las grabaciones de una farmacia situada a solo cien metros, en la misma calle —señaló el joven agente—. Si Rebeca Ramírez no cambió la dirección de sus pasos, debería aparecer en ellas...
—...Pero no aparece —comprobó el inspector.
—Así es.
El rostro del inspector se tornó ansioso.
—Buen trabajo, Agustín. Encárgate de buscar a cualquier persona con antecedentes penales viviendo por la zona.
El joven agente asintió con la cabeza y se dirigió a la salida del despacho de su superior con rapidez.
—Carmen, necesito que compruebes si alguno de estos dos elementos vive, trabaja, estudia o hace punto de cruz en Sanjurjo Badía —dijo señalando las carpetas que todavía reposaban sobre la mesa—. ¡Vamos! ¡Sé que estamos cerca!
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Gorda
Misterio / Suspenso¿Y si los complejos nos llevan a traspasar los límites más oscuros?
