—Inspector, debemos dar aviso de la operación —sugirió Agustín.
—Sí, llama a Carmen —soltó el inspector mientras se perdía en el interior del primer supermercado con el que se toparon.
A Agustín no le gustaba la situación, no le gustaba en absoluto. Aquello no podía acabar bien, lo más seguro es que les metiesen un navajazo en el abdomen, un tiro entre ceja y ceja o quizá incluso algo peor, se le ocurrían mil maneras en las que ambos podrían sufrir una muerte lenta y terriblemente dolorosa. ¿En qué coño estaba pensando su superior? Sacó el teléfono móvil de su bolsillo con la mano temblorosa hasta encontrar el contacto de Carmen.
—Dime, Agustín.
—Carmen, tiene que hacer entrar en razón al inspector, va a meterse en el ojo del huracán...
—He estado cotejando los números de teléfono con las fichas policiales, he hallado algunas similitudes, prácticamente todos cuentan con antecedentes...
—¡Carmen! Por favor, no me interrumpa. Germán ha quedado con uno de esos tipos, vamos a necesitar refuerzos.
—¿Cómo?
—Tengo que colgar, ya viene el inspector, mande refuerzos, por favor. Le envío la ubicación.
Germán salió del supermercado con un bote de cacao en polvo y un bote de gomina.
—¿Para qué es esto? —preguntó el joven agente.
—Tenemos dos minutos para convertirme en un macarra, mánchame un poco la ropa, yo me ocuparé del pelo.
—Inspector, por favor, esto no es buena idea. Esperemos a que lleguen los refuerzos y...
—No pienso perder un solo segundo. Hay una desaparecida, Agustín, y cada minuto que pasa disminuyen las posibilidades de hallarla con vida. Ya sé que el plan no es muy bueno y que es totalmente improvisado; pero voy a hacer esto contigo o sin ti, y no te preocupes, no voy a obligarte a que me sigas, no voy a poner en peligro tu vida.
Agustín blasfemó en voz baja y abrió el bote de cacao para manchar convenientemente el pantalón vaquero del inspector mientras este se engominaba el pelo y desabrochaba algunos botones de su camisa.
—Ahora vas a esperar aquí, vas a ver dónde entramos y, con un poco de suerte, permaneceré con vida hasta que lleguen los refuerzos. ¿Los has pedido ya?
Agustín afirmó con la cabeza.
—Y ahora aléjate.
—No, no dejaré que desaparezca de mi vista con uno de esos tipos, iré con usted.
—Verás... A esto sí puedo obligarte, estás de servicio y es una orden. Esperarás aquí y estarás atento.
—Inspector, por favor, necesito que lleve un micrófono, su arma reglamentaria o, al menos... Espere, ¿lleva su arma?
Germán se hizo el despistado.
—No puede entrar ahí de esta guisa —se quejó Agustín.
El inspector sacó una cartera de piel marrón del bolsillo derecho de su pantalón y extrajo una pequeña fotografía.
—Esto es todo lo que necesito —Gorka Valverde le sonrió inocentemente desde aquella pequeña instantánea con fondo blanco—, no pienso volver a perder el tiempo, porque el tiempo no es oro...
—...el tiempo es vida —cerró el diálogo Agustín.
Manuel era un tipo flacucho, no llegaba al metro ochenta; su mala vida se veía reflejada en la totalidad de su aspecto: desde la ropa que llevaba puesta, unas tres o cuatro tallas por encima de la que necesitaba, hasta una mirada cuyo enfoque se perdía en el infinito.
Agustín trató de coger algunos retazos de conversación, pero no pudo oír una sola palabra.
Los siguió a una distancia prudencial, la suficiente para pasar inadvertido, hasta un edificio de piedra ya ennegrecida. No le quedó más remedio que hacerse a la idea de que el inspector acababa de firmar su sentencia de muerte al adentrarse desarmado en el interior de aquel antro cuyo portal totalmente opaco negaba la visión hacia el interior.
—¡Joder! —gritó el agente sintiéndose del tamaño de una mota de polvo tratando de ocupar algo de espacio en el universo infinito.
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Gorda
Misteri / Thriller¿Y si los complejos nos llevan a traspasar los límites más oscuros?
