Cuando entré en la adolescencia ya llevaba decenas de dietas probadas, centenares de insultos a mis espaldas: gorda, foca, obesa, fea, zampabollos... y mis compañeros se referían a mí como "Revaca". La angustia y fobia social se instauraron en mi vida de forma perenne. Ya no tenía días buenos y días malos, todos eran espantosos. Ya no hacía planes con nadie, prefería quedarme en casa, mi lugar seguro, lejos de las miradas ajenas que parecían alfileres clavándose por todo mi cuerpo, arañando mi alma y desgarrándome el aliento. Y entonces me aislé, dejé de tener amigos y me sumergí en un círculo vicioso de sofá y azúcar en todas sus formas: chocolate, pan, Nocilla, helados, bollería industrial, repostería casera... Todo valía. Porque mientras comía no estaba triste. Mientras me atiborraba de todo lo que encontraba en la nevera y la despensa podía sacar de mi pecho la desazón que me asfixiaba. Cada día acababa empachada de azúcar y de decepción conmigo misma.
A los dieciséis años ya pesaba más de noventa kilos. La soledad y la depresión se habían apoderado de mí, y el círculo vicioso de dietas y atracones eran los pilares sobre los que se sustentaban mis días, salpicados por las lágrimas cada noche por no tener el superpoder de la "fuerza de voluntad" que se había repartido entre mis compañeras de clase dejándome solamente a mí en la estacada.
Adrián fue el primer chico que se interesó por mí. Tenía diecisiete años y estaba en el último año de instituto. A mí no me gustaba y, al principio, no me fiaba de ese interés por mi cuerpo cuando otras compañeras estaban delgadas y disponibles, pero parecía la única oportunidad que tendría en mi vida de tener pareja, así que dejé que me besase y empezamos a salir. Nunca sentí nada a su lado. No éramos ni amigos. Él era un tipo flacucho y algo más bajo que yo. Hablábamos poco. Llevaba camisetas de los Rolling Stones y Iron Maiden, música que ni entendía. Me pregunté varias veces si aquello podría transformarse en amor o al menos en cierto tipo de aprecio en algún momento.
Fátima, la chica que se sentaba en clase a mi lado, me comentó un día que su prima le había dicho que mi novio era feísimo. Todavía no sé si me lo dijo por envidia (ella no tenía pareja y estaba casi tan gorda como yo), o porque su prima se lo había comentado de verdad. Y entonces dejé a Adrián. No necesitaba a alguien a mi lado que me hiciese sentir aún peor. No quería ser "la pareja de feos". Creo que la ruptura le afectó tanto como a mí: entre poco y nada.
El que me gustaba de verdad se llamaba David. Alto, rubio, media melena, unas piernas largas y bien puestas... Ni en mis mejores sueños habría tenido una oportunidad de acercarme a él, ni siquiera como amiga. David no era inteligente, pero era guapo y atractivo. Solo tenía que sonreír para que todas cayésemos rendidas a sus pies. Pensé en cómo se sentiría alguien como él, con una plaza fija en el lado opuesto al que estaba yo. También en esas películas en las que el guapo se enamora de la fea. Todo estaba tan fuera de mi alcance que lo mejor que podía hacer era sacármelo de la cabeza cuanto antes. Fue fácil cuando empezó a salir con María. Delgada y de tez morena, con una de esas cinturas maravillosas en las que la grasa jamás osaría quedarse a vivir y un pelo azabache que terminaba en pico por debajo de sus omóplatos. Eran "la pareja de guapos". Deslumbraban a la plebe con su simple existencia, elevándose a la máxima potencia cuando se agarraban de la mano o mostraban cualquier otro tipo de acercamiento.
Después de David llegó Jose. Moreno, sensible y con unas gafas de pasta que me encantaban. Empezó a hablar conmigo en el autobús y, en menos de dos semanas, estaba dibujando corazones por todas partes con su inicial y la mía. Me buscaba en el recreo (y yo a él). Era un tipo solitario, como yo. Pensaba que nada podía salir mal en aquella ocasión. Cada día deseaba que llegase aquel primer beso, aquel primer contacto de su mano sobre la mía... hasta que un día al entrar en el autobús se sinceró conmigo. Se iba a vivir a Madrid al acabar el instituto, pero me agradecía mi amistad profundamente, porque "al ser gay le resultaba a veces complicado hacer amigos". Seguimos siendo inseparables hasta su mudanza a la capital, y prometimos escribirnos, pero después de dos cartas perdimos todo contacto. Volví a mi vida de ermitaña y a ignorar cualquier sentimiento que empezase a tomar forma en mi interior hacia cualquier sujeto del sexo opuesto.
El mismo día que vi mi suspenso en la selectividad, la báscula alcanzó las tres cifras. Mis padres me recomendaron matricularme en un ciclo superior, pero yo ya estaba cansada de estudiar y de intentar mantenerme oculta de todos aquellos que usaban la crítica como estilo de vida. Solo quería pasar página y convertirme ya en adulta, como si aquello llevase intrínseco un cambio en la mentalidad de los que me rodeaban y en la mía.
Encontrar un trabajo no fue sencillo. Nunca cumplía con el perfil. Necesitaban gente con experiencia, que hablase inglés, con carné de conducir... Siempre fallaba algo. Lo que nadie se atrevió a decirme fue la verdad: no tenía buena imagen para trabajar en su empresa. Pero un día llegó mi oportunidad. Solo tuve una. La amiga de una amiga de mi madre parecía estar buscando cajeras para el Carrefour que estaba enfrente de casa. Entré sin dejar currículum ni pasar entrevista previa. Tengo la seguridad de que no habría conseguido el puesto en caso contrario.
A los veinte años rozaba los ciento quince kilos, pero al menos tenía un trabajo y había dejado de sentirme un parásito social. Ahora era un cuerpo esférico en movimiento que trabajaba cuarenta horas a la semana y comía o dormía las restantes.
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Gorda
Mystery / Thriller¿Y si los complejos nos llevan a traspasar los límites más oscuros?
