La web de citas era algo así como un escaparate de carne: este me gusta, pulso corazón, este no me gusta, pulso la flecha para ver el siguiente. Pero, paradógicamente, no me sentía tan expuesta como en la vida real.
El primer chico con el que conseguí abrir un chat privado se llamaba Jorge. Viudo, seis años mayor que yo, padre de un niño de tres años, electricista de profesión y aficionado a la fotografía.
Quedamos para tomar un café un sábado a las ocho de la tarde aprovechando que su hijo pasaba ese fin de semana con los abuelos maternos. Me pasé todo el sábado hasta la hora de la cita buscando un atuendo que me disimulase un poco las lorzas. Decían que el negro "adelgazaba", así que me probé todo lo que tenía en casa de ese color. El problema de cuando una pesa ciento treinta kilos es que casi no hay diferencia entre disimular cinco kilos y no disimular ninguno. Y algo que para otra persona podría ser normal y altamente recomendable como salir a comprar algo de ropa si con la que tienes en casa no te sientes guapa, para mí se traducía en encontrar un comercio en el que tuviesen mi talla, que no hubiese solamente camisetas del tipo propaganda de taller de neumáticos y que, además, sirviesen para una cita (en principio) romántica. Solución: buscar bien en el armario aunque haya que escarbar hasta la época pleistocena.
Acabé poniéndome un pantalón negro elástico y una blusa blanca lo suficientemente holgada para tapar el flotador instaurado de forma perenne en mi cintura.
Llegué cinco minutos antes de la cita, porque llegar tarde (según me enseñaron en casa) era una falta de respeto, porque tu tiempo no es más importante que el de los demás ni viceversa. Jorge, por el contrario, tardó casi veinte minutos en aparecer, lo hizo cuando ya empezaba a ponerme nerviosa, pensando que quizá se lo había pensado mejor y había decidido no presentarse. Nos dimos dos besos y se sentó frente a mí a pesar de que también había sitio a mi lado (punto para él, habría sido muy intimidante tenerlo tan cerca en nuestra primera, y quizá única, cita).
Empezó presentándose, más o menos como lo había hecho en el chat, y después comenzó a enseñarme sus fotografías, que consistían en instantáneas de su hijo en diferentes posiciones y lugares, en blanco y negro y a color, riéndose, saltando, jugando, durmiendo, comiendo, pintando... Me gustaban los niños, pero ver unas cuatrocientas fotos de su hijo, por muy adorable que este fuera, me resultó enormemente aburrido. Después de explicarme los detalles de cada foto como si estuviésemos en una galería de arte, terminó prestando algo de atención a mi semblante, descubriendo así que mi mente ya cabalgaba hacia lugares muy lejanos del que nos encontrábamos físicamente. Metió entonces su teléfono en el bolsillo derecho del pantalón vaquero que llevaba puesto y continuó con la conversación. Otra vez monotema: solo sabía hablar de su hijo. Fue una cita de lo más extraña: no me preguntó absolutamente nada, ni siquiera si me apetecía tener una segunda cita, tener sexo con él esa noche o cuál era mi película favorita. La parte buena es que parecía no importarle mi aspecto físico.
Llegué a casa dándole vueltas a si, como yo, los hombres que se apuntaban a una web de citas lo hacían porque tenían alguna tara, pensamiento que me hizo abandonar la búsqueda de compañía masculina durante unas cuantas semanas. No quería quedarme con "los deshechos", con "las sobras", pero ¿acaso no pertenecía yo también a ese colectivo? ¿Me sentía acaso superior o mejor que Jorge? Él había sido amado, había estado felizmente casado, había dormido abrazado a una mujer cada noche... ¿Y yo? Yo ni siquiera me había acercado a esa vida idílica, yo era verdaderamente "el desperdicio", la gorda a la que nadie había querido nunca, la obesa que no merecía amor, ni caricias ni uno de esos abrazos cálidos con los que tanto había soñado, un abrazo de alguien que me amase, un buen apretón de amor mientras ambos disfrutábamos viendo el sol descender por la fina línea del horizonte. ¿Cómo podía ni tan siquiera pasárseme por la cabeza que pudiese ser merecedora de un solo instante de romanticismo en mi asquerosa y putrefacta vida? Me dieron ganas de abofetearme otra vez, como cuando era niña, de gritarme estúpida frente al espejo, de meterme en cama y no levantarme nunca más.
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Gorda
Mystery / Thriller¿Y si los complejos nos llevan a traspasar los límites más oscuros?
