GERMÁN - CAPÍTULO 29: LLAMADAS

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Le había dado el día libre a Aurora. Tras veinte años trabajando en su casa, esta se había convertido en una más de la familia; y sabiendo lo que había sufrido en sus anteriores crisis con Silvia, no pretendía preocuparla sin motivo... aunque el inspector sabía que solo estaba retrasando el momento de contarle la situación actual.

—No te preocupes por tu puesto de trabajo, Aurora, no te irás de aquí a no ser que tú así lo desees —le diría.

—No es mi trabajo lo que más me preocupa, don Germán —afirmaría.

—Por nosotros no debes afligirte, son cosas que pasan en todos los matrimonios —insistiría el inspector.

Se sentó a la mesa de un restaurante que hacía esquina en la calle Ecuador, uno que mostraba una decena de fotografías descoloridas de platos combinados en una pizarra.

—¿Qué le traigo para beber?

—Agua fría, por favor.

El camarero tomó nota.

—¿Y de comer?

Germán quiso decirle que le daba igual, que la comida de todas aquellas instantáneas le resultaba tan poco apetecible como una caja de cartón.

—Merluza rebozada con patatas y ensalada.

El joven escribió un 8 en su libreta y giró sobre sus pasos para perderse tras la puerta abatible de la cocina.

Germán sacó su teléfono móvil del bolsillo. Le encantaría tener un whatsapp de su mujer, una llamada perdida, quizá una indirecta en su estado... pero Silvia estaba muy por encima de todo aquello. ¿Cómo podría esperar hasta que diese señales de vida si la angustia de las primeras horas ya le oprimía el pecho hasta cortarle la respiración?

Se obligó a sí mismo a alejarla de sus pensamientos, lo que resultó tan eficaz como apagar un incendio con gasolina.

El teléfono dio dos tonos antes de que el interlocutor atendiese la llamada.

—¿Agustín?

—Dígame, inspector.

—Estaba pensando que... ¿sabemos en qué momento, situación o contexto Rebeca le contó a César que se tomaba la píldora?

—Pues... no, no se lo hemos preguntado.

—¿Y es un buen momento para contactar con él?

Agustín tardó unos instantes en contestar.

—Sí —sentenció al fin—, a estas horas estará en su puesto de trabajo.

—Perfecto, dale un toque y devuélveme la llamada.

La ensalada sabía a pescado, el pescado a patatas y las patatas a ensalada. Todo en aquel plato convivía en una especie de simbiosis insípida cuyo paladar humano se negaba a discernir.

Sacó nuevamente el teléfono de su bolsillo. Le encantaría haber visto en la pantalla el nombre de Silvia.

—Cuéntame, Agustín.

—César habría sacado una caja de preservativos de la guantera de su coche y Rebeca, según este, le habría dicho que no necesitaban usarlos, que llevaba un tiempo tomándose la píldora.

—Gracias, Agustín. Llamaré a Carmen a ver si nos puede concretar algo.

Pidió un café con leche tras saltarse el postre. No pretendía probar un yogur con sabor a crema catalana o una tarta de queso con sabor a nata con fresas. Mientras esperaba a que el camarero se dirigiese hacia su mesa para pedirle dos sobres de azúcar en lugar de uno, hizo la siguiente llamada.

—Dime, Germán.

—Hola, Carmen. ¿Puedes acceder al historial médico de Rebeca?

—¿Quieres que lo solicite?

—Carmen, por favor, que nos conocemos. ¿Puedes acceder o no?

—Em... de forma ilegal... supongo que sí.

—Estupendo. Necesito que me digas la fecha en la que su ginecólogo o médico de cabecera le recetó la píldora anticonceptiva.

—Bien. ¿Algo más?

—Nada más. En media hora estoy en la oficina.

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