REBECA - CAPÍTULO 40

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El sonido de unos disparos interrumpió la secuencia de los que serían mis últimos pensamientos, los que se ahogarían para siempre en la oscuridad de la noche más larga, la noche eterna, esa en la que todos acabaremos más pronto que tarde.

Oí mi nombre mientras tomaba una bocanada de humo con el único fin de acelerar el final. Oí mi nombre mientras la muerte me invitaba a bailar acercándose con descaro hasta mi cuerpo; la vi tenderme una mano blanca que se asomaba tímidamente bajo una túnica de sombras, en un lugar en el que se oían cada vez con más fuerza los aplausos y el griterío de un público enteramente entregado. Oí mi nombre cuando mis ojos decidieron que era el momento de cerrarse... y se cerraron. Y oí mi nombre, por última vez, desde el interior de mis entrañas, desde el eco ahogado de mi vientre.

Me abracé como se abraza a un ser indefenso, me pedí perdón por todas las veces que me había maltratado, insultado, pegado... Me disculpé conmigo misma por no haber sido capaz de tomar las riendas de mi vida y tomé con fuerza la mano de la parca para bailar junto a ella esa canción en la que el bueno y el malo, el rico y el pobre, el gordo y el flaco acaban sentándose juntos cuando su último acorde deja paso al silencio.

—Rebeca.



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