REBECA - CAPíTULO 18: REDES SOCIALES

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La terapia me ayudó, al menos al principio. Cada vez que salía de consulta me sentía como una diva, capaz de comerme el mundo, de verme guapa, femenina, poderosa... Como una auténtica leona, dando pasos firmes sobre las aceras de la ciudad. Aunque la báscula no reflejaba ningún cambio en positivo, me sentía capaz de vencer por fin al monstruo de la obesidad.

María Blanco también me dio algunas nociones sobre nutrición que, según afirmó, les habían resultado útiles a otras pacientes en mi misma situación: cinco comidas al día, fruta o vegetales en cada una de ellas, dos litros de agua, una buena caminata a primera hora de la mañana, cambiar azúcar por estevia, los refrescos azucarados por sus versiones light o zero, cenar temprano, porque la cena se almacena y no se quema, nada de zumos, ni siquiera de elaboración propia, y hacerme amiga de las infusiones sin teína. Probablemente se tratase de intrusismo laboral en toda regla, pero nunca me recomendó ver a una dietista, ni siquiera lo sugirió.

Había días que conseguía cumplir todas sus normas, pero otras veces volvía a sumirme en la compulsión. Peleaba contra mi propia mente, contra mí misma... y rescaté de algún rincón de mi cerebro enfermo una parte de mi infancia ya olvidada: me daba tortazos. De niña me veía al espejo y me daba bofetadas con la mano abierta, con fuerza. En casa nunca me habían levantado la mano, pero yo creía ser merecedora de castigos físicos. Así que, cuando me sentía triste: tortazo; cuando comía de más: tortazo; cuando tomaba comida no permitida: tortazo; cuando me veía o sentía gorda: tortazo; cuando algún compañero de clase me insultaba: tortazo; cuando alguna prenda de ropa me dejaba de servir: tortazo... Los golpes siempre me los daba frente al espejo del cuarto de baño, para ver mi gordo moflete derecho ponerse rojo y mis ojos cargarse de lágrimas. Tenía que dejar ya de portarme mal, ahí estaba mi merecido.

A los veinte recién cumplidos caí en la cuenta de que todavía no había pisado una discoteca, no había ido a ninguna fiesta de adolescentes, de esas que se fuma y se bebe y se enrollan unos con otros (¿o eso solo sucede en las películas?), no había tenido una de esas noches de chicas en las que se supone que tenemos que ponernos crema en la cara, rodajas de pepino en los ojos y pintarnos las uñas mientras hablamos de nuestro último ligue, no sabía lo que era pasar un fin de semana de camping con alguien que no fuera de mi familia, no me había tomado una sola copa, ni mucho menos una borrachera, nada de relaciones sexuales ni de amigas íntimas... Y, por supuesto, todas esas experiencias no vividas las suplía con comida.

Poco después, cuando la báscula ya alcanzaba los ciento treinta kilos, comprendí que la psicóloga no tenía la fórmula mágica para vencer mis problemas de adicción. El último día que decidí pisar su consulta ni siquiera le presté atención, lo venía notando desde hacía algunos meses: sus palabras habían dejado de surtir efecto sobre mí. Esa tarde, en cuanto llegué a casa, me hice un perfil falso en Instagram, busqué entre decenas de perfiles, cuantos más seguidores tuviesen mejor, y decidí tomar prestadas las fotos de una chica americana (una tal Mackenzie), que tenía una cabellera rubia preciosa y unos ojos verdes que hasta dolía verlos. Fue lo más parecido al mundo "real" que había vivido hasta ese entonces. Cada día me levantaba para descubrir la cantidad de nuevos seguidores que tenía, los nuevos me gusta, los mensajes en mis post y privados... Me encantaba responderlos, pensar en qué contestaría Mackenzie, inventarme su personalidad y obrar en consecuencia. Instagram era muy sencillo de utilizar y tremendamente adictivo, lo único que tenía que hacer era entrar en el perfil de Mackenzie, robarle una foto y colgarla en mi muro con alguna frase de chica enrollada del tipo "día de compras con mis amigas; mamá, no veas la cuenta", "esta noche cumpleaños de Roberto, te quiero, bebé", "día de relax con mi chico en la playa, hoy sol y cervecita"... Alcancé los setecientos seguidores en menos de seis meses. Una vida inventada, paralela, de plástico barato, falsificada, enmohecida y maloliente... pero una vida a la que jamás podría acercarme de ningún otro modo.

Después de pocos meses de presencia en redes sociales, me abrí una cuenta en una web de citas. No lo había hecho hasta el momento, pero recordaba que había sido una sugerencia de mi psicóloga. Esta vez creé un perfil con fotos reales (aunque pasadas por algún que otro filtro) y datos reales, así lo exigía la web en cuestión, hasta te llamaban por teléfono para verificar todos tus datos. El mecanismo para conocer gente era sencillo: solo tenía que pinchar sobre un corazón en el perfil de los chicos que me resultaban atractivos y, si alguno de ellos le daba también a mi corazón, se habría un chat privado para que pudiésemos hablar y conocernos mejor.

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