AGUSTÍN - CAPÍTULO 30: FARMACIA

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El inspector se sentó junto a Carmen: frente a él. Seguía notándolo apesadumbrado: su semblante denotaba que había perdido el entusiasmo, sus gestos se habían vuelto más lentos, más cansados. No podían perder la esperanza con respecto a Rebeca, había que encontrarla, costara lo que costase. Había unos padres desesperados y una joven preciosa esperando a que resolviesen las incógnitas que se habían ido gestando en las últimas horas.

Los padres  de Agustín se habían separado cuando él era solo un niño. Recordaba el vacío que había sentido cuando su padre pasó fuera de casa la primera noche. Recordaba la ilusión que le hacía el ver que se acercaba ese fin de semana cada quince días que le tocaba estar con él. Pero pronto empezaron a aparecer excusas, cambios de rutina, nuevas personas en la vida de su padre... "Hoy no puedo ir a buscarte, pero te prometo que...", "este fin de semana no nos veremos, pero cuando pueda..." Las promesas se quedaron abandonadas en el mismo cajón que las ilusiones, la esperanza y los sueños. Llevaba ya trece años sin saber nada de él ni de su medio hermano.

Sabía que Germán había discutido con su mujer o que ella se encontraba de viaje, porque le había dicho que nadie lo esperaba en casa. Se preguntaba si sentiría el mismo vacío que él había sentido de niño a pesar de que nunca le había faltado el abrazo de su madre, pero quizá el inspector no tuviese absolutamente a nadie en quien apoyarse. Eso le provocaba tristeza. Mucha tristeza. Todos necesitamos a alguien que nos muestre algo de afecto, ojalá no existiesen tantos prejuicios entre los hombres, él mismo le daría un cálido abrazo a su superior si no se fuese a malinterpretar.

—Dame una buena noticia, Carmen.

—Ha bajado un céntimo el precio de los carburantes.

El inspector mostró una media sonrisa que consiguió, por un momento, devolverle el buen color a su rostro.

—Estupendo. ¿Quién le ha recetado la píldora a Rebeca?

—Ni su ginecóloga ni su médica de cabecera.

—¿Cómo es posible?

Las dudas volvieron a ser mayores que las certezas.

—Muéstrame los últimos movimientos de sus cuentas, por favor.

La informática tardó menos de cinco segundos en mostrarles la información que Germán acababa de solicitarle.

—Quiero ver los gastos realizados en farmacia en los últimos seis meses.

Carmen movió sus dedos ágilmente sobre el teclado.

—Cerca de seis euros hace tres meses y doce euros la semana pasada.

—¿Pone en qué se los gastó?

—No.

—¿Y sabemos el nombre de la farmacia?

—Sí, eso lo tenemos.

Agustín acompañó al inspector hasta la Farmacia Avelino Couso. El aspecto externo del inmueble contrastaba con su interior recientemente renovado, con estanterías de un brillante blanco inmaculado, zona infantil y un gigantesco brazo robótico que hacía las delicias de los más pequeños (y no tan pequeños) mientras se desplazaba con suma precisión entre los diferentes estantes.

—Buenas tardes —se presentó el inspector mostrando su placa y un folio cortado con la fecha, hora e importe de las compras que había realizado Rebeca en el lugar—. Necesito que me informe de la medicación sustraída en estas operaciones y... ¿disponen de cámaras de seguridad?

—Sí, pero las imágenes las borramos a las cuarenta y ocho horas.

El inspector trató de disimular su desagrado.

—Bueno, entonces solo necesito lo primero.

Unos pocos segundos bastaron para echar por tierra sus principales hipótesis.

—La primera compra se corresponde con un antibiótico... y... la segunda...aquí está: un test de embarazo.

El inspector se mantuvo físicamente en pie, pero mentalmente sus rodillas ya tocaban el suelo de baldosas espejadas. Agustín le echó la mano al hombro.


—Otro niño no, Agustín, otro niño no —sollozó ocupando el asiento del copiloto del coche patrulla.

—¿Usted cree...?

—Llama a César.

—A estas horas ya está en casa con su...

—¡Que llames a ese hijo de puta, joder! ¡Es una orden!

Agustín tragó saliva y, tras buscar en el archivo correspondiente, copió y pegó los nueve dígitos del teléfono móvil de César Gutiérrez en la pantalla de llamadas.

—Estoy ocupado —se oyó al otro lado de la línea.

Germán arrancó el teléfono de las manos de su subordinado.

—Felicidades, vas a ser padre —ironizó.

—¿Perdone?

—Un padre de mierda, sin duda alguna, pero vas a serlo.

—No... no entiendo... ¿Qué me quiere decir con eso?

—¡Que has dejado embarazada a Rebeca, so gilipollas! Así que empieza a contarnos todos los detalles que se te han olvidado voluntariamente o vamos a tener que hacer todo esto por la vía convencional.

—Me prometieron que...

—"Me, me, me..." ¡¿Podrías dejar de pensar solamente por una vez en salvar tu jodido culo y enfrentar las consecuencias de lo que has hecho?!

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