—¡No te subas a ese coche, Gorka! —le pidió a gritos el inspector.
Intentaba llegar hasta él, pero sus piernas no se ponían en movimiento, estaban ancladas a una de aquellas baldosas de cemento gris que delimitaban las calles de la ciudad.
El niño se detuvo un instante y fijó su mirada en la de Germán.
—Tengo que subirme —afirmó.
—No, no tienes que hacerlo —el inspector buscó argumentos con los que convencer a la criatura—. Pídeme lo que quieras, pero no te subas al coche, por favor.
Germán estiraba sus brazos intentando alcanzar al pequeño. Sentía dolor en sus cuatro extremidades, quería dotarlas de habilidades motoras imposibles.
—Si no me subo, usted no podrá ser un héroe.
—Te daré todo lo que quieras si no te vas con ese hombre, Gorka. Tengo una casa en la playa, con una piscina enorme en el jardín: te la regalo, es toda tuya. Y tengo un coche que te encantará, podrás ponerle luces, si quieres. También... podemos ir juntos a patrullar las calles.
El niño negó con la cabeza mientras ya sujetaba la maneta de la puerta trasera del Renault Clio.
—¡Nunca seré un héroe, Gorka! —insistió el inspector.
—Sí, lo será. Tengo que irme ya...
—¡Gorka, no!
El sonido del teléfono sacó a Germán de su pesadilla. Las tres y veintidós minutos de la mañana, un mal presagio inundó las venas del inspector.
—¿Sí?
—...
—¿Están seguros de su identidad?
—...
—¿Dónde han hallado el cuerpo?
—...
—¿Presenta signos de violencia?
—...
—Entiendo. A priori todo apunta a que se trata de un suicidio, ¿me equivoco?
—...
—Voy para allá.
Las calles de la ciudad se presentaban vacías, salvo por algún hombre algo pasado de alcohol que a duras penas conseguía mantener la verticalidad.
Germán buscó su parte de culpa en aquella muerte, porque la tenía, esta vez era directamente responsable de ella y debía asumirlo. Pensó en llamar a su mujer, en escribirle al menos un mensaje para hablarle de lo sucedido. No solía contarle los pormenores de su trabajo, pero, a veces, necesitaba la opinión de Silvia o simplemente su punto de vista para dibujar frente a él el mejor camino, la mejor opción o un buen encuadre. ¡Cuánto la echaba de menos! Pese a ello, se conformó con sacar del bolsillo de su pantalón el teléfono móvil y establecer contacto con su ya inseparable compañero de faena.
—¿Diga? —una voz somnolienta le respondió al otro lado del teléfono.
—Lamento despertarte a estas horas, Agustín, pero creí que querrías saberlo.
—¿Inspector? ¿Qué ha pasado?
—César Gutiérrez... se ha suicidado.
—¿Qué? ¿Cómo?
—Su mujer llamó a los servicios de emergencia pasada la medianoche. César se había metido en el baño algo antes, las horas todavía están por determinar. Como no salía, su mujer llamó a la puerta. No obtuvo respuesta. Cuando al fin consiguió acceder al cuarto de baño se lo encontró sumergido en la bañera. Se cortó las venas y... no se pudo hacer nada por él.
—¡Joder!
Sabía lo que pensaba su subordinado. ¿Le echaría huevos para enfrentarse a él? ¿Le diría que a partir de ahora debía vivir con esa carga? ¿Que no tenían pruebas de que el test de embarazo, que supuestamente se habría realizado la desaparecida, hubiese dado un resultado positivo? ¿O que, incluso siendo positivo, la paternidad de la pobre criatura probablemente solo pudiese confirmarse tras el parto?
Aun así, prefería tenerlo a su lado.
—Estoy desplazándome al domicilio, te agradecería que vinieses tú también, ya sé que no estás en horas de servicio, pero...
—Deme diez minutos.
La ambulancia, que seguramente estaría preparada para llevarse a César, era ocupada por una mujer de pelo cobrizo y corta estatura. Su estado de agitación le dio a entender al inspector que probablemente se tratase de la recientemente enviudada.
Subió las escaleras con cautela, lo último que necesitaba era a una marabunta de vecinos haciendo preguntas cuya respuesta pudiese satisfacer su morbo.
—Buenas noches, inspector.
—Buenas noches, agente Fernández.
El agua y la sangre creaban una imagen grotesca del personaje cuyo aspecto impecable se perdería para siempre en un puñado de fotografías, recuerdos de una vida a la que sus familiares podrían tener acceso en momentos de nostalgia.
—Quiero los dispositivos electrónicos de la víctima en la oficina de Carmen a primera hora —solicitó.
—Descuide.
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Gorda
Mystery / Thriller¿Y si los complejos nos llevan a traspasar los límites más oscuros?
