REBECA - EPÍLOGO

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Hunde sus pequeñas manos en la arena para coger dos buenos puñados, la aprieta con fuerza y la deja caer sobre sus piernas. Luego se sacude y se enfada porque no consigue sacarse esas diminutas partículas del todo. Repite varias veces la misma maniobra, hay que cerciorarse del comportamiento constante e imperturbable del mundo.

—¡No, a la boca no! —exclamo cuando acerca la mano llena de arena a sus labios.

Mateo se asusta con mi interrupción y se echa a llorar. Estira los bracitos hacia mí, lo tomo en brazos y lo acerco a mi pecho.

—Seguro que prefieres algo más rico —le dice Agustín ofreciéndole un pedazo de plátano.

—¿Otra vez plátano? —pregunto falsamente enfadada.

—Es su fruta favorita, no seas tan protestona.

Agustín no se ha separado de mí desde mi intento de suicidio. Me ha invitado a salir en una decena de ocasiones, quizá más, pero mi respuesta siempre ha sido negativa. No quiero saber nada del sexo masculino, a excepción de mi hijo.

Mateo se ha acostumbrado a que él siempre esté cerca, a veces me molesta que escoja sus brazos en lugar de los míos, pero no puedo dejar de agradecer que haya gente como él en el mundo, como él, como Carmen y como el inspector Germán.

—¿Cómo le va al inspector? —pregunto.

—Desde que se ha retirado parece otra persona.

Cuando nació Mateo fue de los primeros en aparecer en el hospital. Al principio me costó entender aquellos lagrimones que resbalaban por sus mejillas como si de su propio hijo se tratase... hasta que Agustín me recordó el caso de Gorka Valverde. No conocí a ese niño, pero sé que, de alguna forma, es responsable de que hoy vea a mi hijo jugar con la arena de la playa.

—Rebeca...

—La respuesta es no.

—¿Por qué es tan jodidamente complicado que me dejes invitarte a cenar? —preguntó Agustín con el ceño fruncido.

—Ya lo hemos hablado, Agus, el único hombre de mi vida es mi hijo.

—Bueno, tendré que ver el lado bueno.

—¿Y cuál es?

—Que ahora, esa mirada que tanto me atrajo desde el primer día, la tengo multiplicada por dos y... este pequeñajo sí me quiere a su lado.

Mateo estiró sus preciosas manitas pidiéndole más plátano.

—Agustín, yo...

—No, no digas nada, hoy ya me has dado una negativa. Estadísticamente, estoy cada vez más cerca del sí.


Detesto mi cuerpo, lo detesto desde que me llamaron gorda por primera vez. Todavía me doy atracones de vez en cuando y, por supuesto, tengo pesadillas prácticamente a diario por todo lo que he tenido que pasar en los últimos meses, pero ahora soy más fuerte: por mí y por mi hijo.

El amor de mis padres, como siempre, ha seguido siendo infinito, a pesar del tormento que sé que para ellos supuso el enterarse de todo lo que me había sucedido. Su alegría cuando volví a casa me hizo preguntarme el porqué de su amor a pesar de todas mis imperfecciones, tuve incluso que hacer un ejercicio con mi psiquiatra que me gustaría transmitirle al mundo.

—¿Por qué me quieren mis padres si tengo este aspecto? —le pregunté.

—Piensa en una persona a la que quieras profundamente —me dijo dándome unos instantes para que escogiese con criterio—. Ahora escribe cinco motivos por los que quieres a esa persona.

Escribí una lista con toda la atención y consideración que fui capaz de reunir.

—Escribe cinco motivos más, por favor.

Tras pensarlos mucho, volví a escribir cinco motivos diferentes.

—¿Qué ves? —me preguntó finalmente mi psiquiatra.

—Los diez motivos por los que quiero a mi madre —afirmé.

—Fíjate bien, Rebeca —me pidió.

Leí una y otra vez los diez motivos y acabé rindiéndome.

—¿Te das cuenta de que no has escrito un solo motivo que aluda a su aspecto físico?


Una puede ser alta o baja, rubia o morena, gorda o delgada... Pero la belleza es subjetiva. Quizá no tengo el cuerpo que me gustaría, pero tengo un cuerpo y es el único en el que puedo habitar, al menos hasta que inventen una de esas máquinas futurísticas en las que podamos sacarnos el cerebro y meterlo en un cuerpo a gusto del consumidor.

Tal vez no resulte agradable de ver para muchas personas, pero quizá lo que los demás opinen sobre mí no sea asunto mío.


GordaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora