—Gracias por venir, Gemma.
—¿Se sabe algo ya de Rebeca? —preguntó esta.
—No, pero estamos cerca —le aseguró el inspector.
Gemma se mostró escéptica, ni siquiera se esforzó en disimularlo.
—Bien, ¿y en qué puedo ayudarles?
—¿Tenía usted conocimiento de la aventura de la desaparecida con César Gutiérrez?
Gemma entornó los ojos antes de contestar.
—Verá, Germán... César es un hombre de bragueta... difícil de cerrar.
—¿Qué quiere decir?
—¿Conoce usted a la vaca Ankole-Watusi?
El inspector negó con la cabeza.
—Es un ejemplar bovino majestuoso, sus cuernos pueden alcanzar los dos metros y medio de longitud... Pues esta vaca bien puede envidiar la cornamenta de la mujer del susodicho —afirmó.
—¿Pero usted los ha visto en actitud... cariñosa?
—Lo complicado sería no haberlos visto, porque ese hombre no se corta un pelo. Chica que ve vulnerable, chica que se tira.
—¿Qué quiere decir con lo de vulnerable?
—Rebeca llegó una mañana con más ojeras que un cadáver. A mí me importan un carajo los problemas de los demás, ya bastante tengo con los míos, pero estaba claro que César aprovecharía la ocasión —chasqueó la lengua—; no me equivoqué.
—¿No le preguntó nada a Rebeca sobre su aspecto siendo su supervisora? —se extrañó Germán.
—Yo solo me preocupo de que haga bien su trabajo, lo que le pase fuera del Carrefour ni es asunto mío ni me interesa.
El inspector permaneció unos instantes en silencio, ¿qué podía sacar de aquel interrogatorio? ¿Qué pregunta podía ser relevante?
—¿Se sorprendería si le dijese que César podría estar involucrado en la desaparición?
—Supongo que nadie lleva escrito en la frente el nombre de Criminal, pero ese individuo es un paleto arrogante. Si ha sido él, están tardando en encontrar pruebas, no es más tonto porque no entrena.
Germán se sintió ofendido, pero no pudo más que agradecer la sinceridad de aquella mujer cuya elegancia innata le recordaba, en cierto modo, a su mujer... Su mujer... Esa que ya lo estaría esperando en casa y que, sin lugar a dudas, lo recibiría con un feo discurso atendiendo a la hora que marcaba el reloj de pulsera del inspector.
Otra vez llegaba tarde: dos veces en un mismo día. Tomó aire para enfrentarse a la situación y giró decidido la llave de la puerta de casa para acceder al recibidor.
—¿Silvia? —llamó desde la entrada.
El silencio lo envolvió como un monstruo. Encendió la luz del pasillo, la del salón, la de la cocina... Al llegar al dormitorio, una nota cuya letra reconocía a la perfección reposaba sobre la cama de matrimonio.
Estaré en la casa de la playa. No vengas y no llames. Hablaremos cuando reordenes tu lista de prioridades.
Gorka jugaba en el parque con sus primos. Había llevado una pelota... porque le gustaba el fútbol, como a su padre, y soñaba con meter goles como los que veía en los partidos de la tele: sorteando a varios jugadores para hacer una chilena que acabase en un golazo, de esos que levantan al público de las gradas y lo hace estallar en un aplauso infinito.
Un individuo de sesenta y tres años, casado, padre de dos hijos, aficionado a la pesca y recientemente prejubilado vigilaba los pasos del pequeño desde su vehículo, aparcado a solo diez metros del acceso principal al parque.
Cada patada al balón aumentaba las probabilidades de que este saliese despedido hacia el lugar en el se encontraba José Manuel. Pepe, como lo llamaban sus conocidos, sabía que después de un balón siempre viene un niño. Le valía cualquiera, en realidad, pero Gorka era el más pequeño del parque y el más parecido a los niños que aparecían en sus fantasías.
La espera valió la pena. Solo tuvo que abrir la puerta trasera de su Renault Clio y darle un pequeño empujoncito al niño. Había dejado cromos, muñecas, maquillaje y canicas sobre el asiento. Él prefería un niño, pero quizá tuviese que conformarse con una niña, por eso decidió meter un poco de todo en el coche, necesitaba mantener entretenido al pequeño hasta llegar a su destino.
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Gorda
Misterio / Suspenso¿Y si los complejos nos llevan a traspasar los límites más oscuros?
