—Siéntese, por favor —indicó el inspector a la primera de los interrogados—. ¿Me puede facilitar su nombre y la relación que mantiene con la desaparecida?
—Me llamo Mayra Grande Pérez, trabajo de frutera en el Carrefour. Somos compañeras.
—Muy bien, Mayra, yo soy Germán, puedes tutearme, ¿de acuerdo? Yo haré lo mismo si me lo permites.
Mayra asintió nerviosa con la cabeza.
—¿Te llevas bien con Rebeca?
—Sí... bueno, no es que seamos íntimas... pero nos saludamos, charlamos de vez en cuando y esas cosas.
—¿Has estado con ella alguna vez fuera del Carrefour, habéis quedado algún fin de semana para tomar algo...?
—No.
—¿Has notado algo raro en ella últimamente?
—No, nada, la verdad.
—¿Conoces a alguien de la empresa con el que no mantenga una buena relación?
—No... Bueno, con los jefes, puede, pero es fácil llevarse un poco mal con ellos.
—¿Podrías ser más explícita, Mayra?
—No es que nos traten mal, es que son jefes y... ya sabes, nadie se lleva bien con los jefes, es como... una norma no escrita.
—En eso estamos de acuerdo —añadió el inspector tratando de establecer un vínculo con la joven—. ¿Serías tan amable de facilitarme tu número de teléfono y tu domicilio actual por si necesito preguntarte algo más?
Mayra apuntó sus datos en el folio que el inspector acababa de ponerle delante.
—¿Es verdad que no saben nada de ella?
Germán fijó su mirada en la de la joven. Ese preciso instante, el momento exacto en el que un interrogado pasa a transferir sus propias preguntas e inquietudes, es incluso más importante que el interrogatorio policial, crean el canal perfecto para ver a través de las personas. Y en Mayra solo percibió preocupación y tristeza, un pesar terriblemente mal escondido bajo un mar de lágrimas contenidas a duras penas y que amenazaba con derramarse por sus sonrosadas mejillas más pronto que tarde.
—Absolutamente nada —se sinceró el inspector.
Acompañó a Mayra hasta la puerta e invitó al hombre de pelo tieso a que tomase asiento frente a él.
—Usted es...
—César Gutiérrez.
Germán volvió a presentarse y, nuevamente, pidió que se tuteasen.
—¿Qué puesto desempeñas en el Carrefour, César?
—Estoy en las oficinas, me dedico a la administración y a la contabilidad.
—Ya... ¿Y ves a menudo a Rebeca?
—Todos los días. Tenemos el mismo horario de descanso, tomamos el café de la mañana a las once y veinte y el de la tarde a las seis y diez.
César daba vueltas a su anillo de casado.
—¿Notaste algo diferente en Rebeca estos días?
—No sé... Es una mujer algo inestable. Rara en general.
—Veo que estás casado —indicó el inspector tratando de que el joven dejase de una puñetera vez de darle vueltas a su alianza y se centrase en el interrogatorio.
—Sí, así es.
—Bien —prosiguió tras lograr su objetivo—, has dicho que Rebeca es un poco rara, ¿te puedo preguntar el porqué?
—Nada importante, ya sabes cómo son las mujeres, les baja la regla o cogen un par de kilos y hacen de todo un drama.
Le faltó recostarse sobre la silla, subirse las gafas de sol y pedirle un daiquiri al camarero de turno elevando el dedo índice de la mano con la que sostenía su copa vacía. Vale, estaba ante un completo gilipollas, pero eso no lo convertía en sospechoso.
Gemma, la supuesta supervisora de Rebeca, fue la última en ser entrevistada. Una mujer de unos sesenta años, de estatura media y con el pelo completamente blanco, lo que, a juicio del inspector, le inspiraba madurez, pero no esa madurez que acompaña al envejecimiento, sino a la que hace íntegra a una persona, lejos de modas absurdas y apariencias. A aquella mujer le importaba entre poco y nada lo que dijesen de ella. De esas mujeres prudentes, sensatas y de buen criterio, personas que nos recuerdan lo ignorantes y estúpidos que somos los demás.
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Gorda
Mystery / Thriller¿Y si los complejos nos llevan a traspasar los límites más oscuros?
