"¿De dónde nace un villano? Algunos aseguran que la maldad se reconoce desde el primer aliento, otros que es un legado oscuro que se hereda como una marca imposible de borrar. Tarde o temprano, esa sombra busca a su portador, lo consume o lo obliga...
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Luego de las palabras de Leo, los condujo hasta el comedor. La mesa larga estaba ya servida: platillos típicos mexicanos se mezclaban con recetas españolas, un banquete que mostraba lo mejor de las dos culturas que dominaban la región.
—Tomen asiento y coman cuanto deseen —la voz de Mariam resonó desde la cabecera, mientras avanzaba con paso firme—. Espero que disfruten la comida; mi cocinera sabe dar el sazón como nadie. No en vano fue la mejor en la casa Villavicencio.
Xóchitl se cruzó de brazos, la mirada dura. —¿De verdad crees que vamos a compartir la mesa contigo?
Una sonrisa tranquila se dibujó en el rostro de Mariam mientras se servía un plato.
—¿Qué ocurre? ¿Temes que la comida tenga algo? Tranquilos, para su comodidad comeré con ustedes.
Tomó una copa de jugo y bebió con calma, antes de girarse hacia Leo. —Por los viejos tiempos... ya sabes cuál es tu lugar. Junto a mí.
El silencio se apoderó del comedor. Los demás se miraban con recelo, mientras Leo se acomodaba en su sitio, consciente de que aquel gesto era más que obediencia: era una declaración de lealtad.
Alebrije se cruzó de brazos, la voz cargada de desafío. —Ni creas que él te va a hacer caso.
El comentario quedó suspendido en el aire, pero se apagó de golpe cuando Leo se sentó rápidamente junto a Mariam.
—Ya no estén molestando y siéntense a comer, que muero de hambre —dijo imitando su tono, mientras se servía comida en el plato—. Si no hay algo que les guste, se puede quitar de la mesa.
Xóchitl arqueó una ceja, mordaz. —Si hay algo, tú puedes quitarte de la mesa.
La tensión subió de inmediato, hasta que una voz cortó el aire. —Ya, Xóchitl, fue suficiente.
El reproche no detuvo su insistencia. —Ignoras que falta gente en esta mesa. Falta Beatriz con su familia, Teodora... y tu hermano, por si se te olvidaba.
El golpe de los puños de Leo sobre la mesa hizo temblar los platos. —¡Silencio! ¡Todos cállense de una vez! ¡Siéntense y coman calladamente!
Mariam continuó comiendo en silencio, observando las miradas incrédulas de sus amigos ante el trato de Leo. Poco a poco, todos se sentaron y empezaron a comer sin decir palabra, el sonido metálico de las cucharas chocando contra los platos llenando el ambiente.
De pronto, desde la cocina llegaron gritos, no de miedo, sino de alegría.
Xóchitl no perdió la oportunidad de lanzar otra provocación. —¿Qué es ese ruido? ¿También has condenado niños y los tienes ahí?
Mariam hizo oídos sordos, como si nada la afectara. Pero nadie dejó de notar la mirada pesada de Leo clavada sobre Xóchitl.
El silencio se prolongó, roto solo por el tintinear de los cubiertos, hasta que Mariam llamó a uno de sus sirvientes. —¡Rousseau, ven un momento!