Cap. 28

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MARIAM

MARIAM

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Toda mi vida me dijeron que mi destino sería tan hermoso como yo. Al menos, eso decían aquellos que no formaban parte de mi familia. Era común que me encontrara con personas que alababan mi belleza... como si eso fuera todo lo que yo era.

Mi abuela, siempre firme, intentó que mantuviera los pies en la tierra. Me enseñó humildad, me pidió no creerme más que los demás. Pero fue cuando me convertí en lo que todos esperaban —la joven correcta, delicada, de apellido respetado— que más lograron lastimarme. En ese momento, era frágil, inocente... y no tenía ni idea de cómo funcionaba el mundo.

Soy Mariam. Mi nombre no es una simple coincidencia. Soy el principio y el final el lugar por el cual vendí casi toda mi humanidad por un legado, por un destino que juré mantener en alto... y que ahora, es solo mío.

Pobre Mariam... aquella joven sin experiencia, fácil de aplastar por quienes hoy se hacen llamar mis enemigos. Esa que permitía que sus emociones fueran ignoradas, como si sus sentimientos fueran menos que los de los demás.

Ya no.

Soy Mariam. Soy el sol y la luna. Llevo el nombre de una gran sultana: Mihrimah Sultan, hija del sultán otomano Solimán el Magnífico y Hürrem Sultan. Ella perteneció a la dinastía Osmanlí, la casa real del Imperio Otomano. Mis padres lo escogieron durante uno de sus viajes a ese país, inspirados por la figura de aquella mujer que, aunque la historia sepultó en sombras, jamás fue olvidada.

Mi nombre no fue elegido por azar. Me llamo Mariam por una sultana que movía imperios sin alzar la voz. Una mujer cuyo poder no dependía de gritos ni batallas. Y tenían razón... porque lo que soy —lo que estoy destinada a ser— será tan grande, tan temido... como ella.

Ya no me ocultaré tras los fantasmas de lo que fui. Este nombre... este legado... ahora me pertenece.

Y en el destino que me espera, todos se inclinarán ante mí. No por miedo... sino porque ya no tendrán el poder ni siquiera de levantar la mirada.

Luego de salir del Cuarto de Almas, me dirigí sin mirar atrás hacia mi habitación. El sonido de las botas del antiguo Charro —mi abuelo— retumbaba tras de mí, paciente pero implacable. Apenas crucé la puerta, él la cerró con suavidad y se quedó de pie junto al umbral.

—¿Joyas, dices? Exactamente por qué joyas, si se puede saber —dijo con voz rasposa, como si cada palabra ocultara siglos de secretos.

—No son simples joyas —dice mientras tritura la primera en un cuenco, hasta convertirla en polvo—. Cada una representa una fase del cambio que Leo debe enfrentar. Su personalidad ya refleja estos rasgos... esto solo hará que sus cimientos se fijen, que queden firmes en su corazón.

—La primera, la esmeralda —continúa, sin mirarle— representa la esperanza, sí... pero también verdades reprimidas. Es el poder de ver más allá de lo visible. Y no olvides la envidia. Leo la muestra cada vez que me enfrenta por mi legado. Envidia mi posición, desea mantenerla como si fuera suya.

La leyenda de MariamHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora