Cap. 29

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MARIAM 

—Siempre terminamos en la misma situación, ¿no lo crees?

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—Siempre terminamos en la misma situación, ¿no lo crees?... - susurró Mariam, con la voz temblando entre certeza y resignación—Aunque esta vez, estoy segura... será la última vez que nos veremos Nando.

—No digas eso, Mariam —replicó él, dando un paso hacia ella, su mirada encendida de inquietud—. Me asustas... y este sitio no ayuda. Es oscuro. Tenebroso. Como si el aire mismo nos vigilara.

—¿Miedo? —espetó ella con una risa seca—. Tú, que fuiste soldado de este país. Que caminaste junto a Leo en misiones que coqueteaban con el mismísimo abismo... ¿y ahora tiemblas por unas sombras mal iluminadas?

—Claro que tengo miedo —admitió Nando, bajando la mirada por un instante—. Porque esta vez no sé si saldremos vivos. Y tú... tú no deberías estar aquí. Tal vez viniste a asegurarte de que esta salida... sea también nuestra condena

—Dramático... igualito que tu hermano —dijo Mariam, cruzando los brazos y dibujando una sonrisa irónica—. Aunque no lo creas, no vine para pelear contigo. He venido a hablar. Desde la última vez que nos vimos, tantas cosas han pasado... Su viaje, el abandono, el regreso al pueblo. Creo que es hora de poner las cartas sobre la mesa, ¿no crees?

—Por favor, Mariam —gruñó Nando, con frustración mal contenida—. Ya basta con lo de que te abandonamos. Lo repites tanto que hasta los espíritus que nos siguen deben estar cansados de escucharlo.

—¿Sabes? Nada me cuesta encerrarte en una botella —dijo ella con una voz suave, casi encantadora—. Podría hacerlo sin pensarlo. Pero no lo hago... porque en algún momento, tú fuiste familia. Recuerdo todas las travesuras que hacíamos juntos —añadió, sonriendo genuinamente—. Siempre sabíamos cómo meternos en problemas... y cómo salir ilesos. Casi como si el mundo nos protegiera.

—Sí... eso era lo mejor de mi adolescencia —susurró Nando, con una nostalgia que se desvanecía como humo—. Hacer travesuras contigo, sentir que el mundo era nuestro.

—¿Y qué pasó contigo? —dijo Mariam, clavando la mirada en él—. ¿Qué te cambió tanto? Y por favor... no me salgas con que fue la distancia. Porque cuando eras soldado, al menos mandabas cartas. Nos contabas de tu vida, de tus batallas, de tus miedos. Pero en ese último viaje... ni una palabra. Nada. Como si yo hubiera dejado de existir.

—No quise herirte —respondió él, con la voz rota—. Iba con Leo. Sabía que te habías aferrado a la promesa de que regresaría. Y no pude... no tuve el valor para escribirte. Porque en el fondo... sabía que no volvería.

—¿Sabes lo que se siente eso, Nando? —murmuró Mariam, con una mezcla de rabia y tristeza en sus ojos—. Ser la mujer que se queda. La que no tiene padres, ni hermanos, ni nadie que le dé el apellido o el cobijo. ¿Sabes cuántas veces me señalaron? "La huérfana", "la loca que habla sola", "la que se quedó esperando a un prometido fantasma". Me convertí en un chiste, en una sombra en las calles del pueblo... por ti. Porque confié en ti.

La leyenda de MariamHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora