Cap.44

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MARIAM

Eso sí me tomó por sorpresa

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Eso sí me tomó por sorpresa. No creí que Leo fuera tan apasionado, pero después de este beso me lo confirma. Lo que más me gustó fue ver la reacción de sus amigos: aún sigo pensando en ello mientras él continúa besándome.

Es increíble que sigo atrapada en ese pensamiento, y él no deja de besarme.

—Está bien, amor, ya es suficiente. Aún tengo otras cosas que hacer; debemos volver a la hacienda. Pero antes, vuelve tú primero —digo mientras le doy un beso en el cuello—. Espérame en el cuarto para destilar.

Levanto la mirada: no por nada es más alto que yo, apenas unos centímetros sobre mi rostro. Desobediente, vuelve a besarme. No voy a mentir: no me molesta.

El beso terminó.

Pero el silencio que quedó después fue mucho peor.

Leo montó su caballo y abrió el portal de regreso a la hacienda. Cuando al fin se cerró, el silencio de la madrugada volvió a envolverlo todo. Sin embargo, sentí esas miradas clavadas en mi espalda: nada más y nada menos que los ahora ex amigos de mi futuro esposo.

Me giré lentamente, con un gesto casi teatral. Mi cabello se movió bajo la brillante luna llena, reflejando destellos como pequeños diamantes sobre mi piel de porcelana.

Las expresiones de ellos me dieron mil años de vida. Nadie se atrevió a moverse. Xóchitl tenía los ojos abiertos de par en par. Eva dejó caer el libro que sostenía entre sus manos. Evaristo parecía incapaz de encontrar una sola palabra.

Y Don Andrés... Don Andrés miraba fijamente el lugar por donde Leo había desaparecido. Ese muchacho que había conocido, el hermano que cruzó medio México buscando salvar a Nando, el amigo que arriesgó todo por ellos... ya no estaba allí.

Sus ojos eran distintos, sus manos cubiertas de venas oscuras, y lo peor: no parecía arrepentido de haber quitado una vida como si nada.

Mariam los observó con absoluta calma.

—¿Por qué lo miran así?

Alebrije dio un paso adelante. —Leo...

—¿Qué?

—Él... acaba de matar a un hombre.

Mariam inclinó la cabeza con serenidad.

—No.

Mariam sonrió. —Él acaba de cobrar una deuda.

Xóchitl apretó los puños. —¡Cállate!

Mariam ni siquiera se inmutó. —¿Por qué? ¿Te molesta que finalmente haya dejado de fingir?

—Leo no es así.

Mariam soltó una pequeña risa. —¿Estás segura?

Xóchitl se quedó paralizada. Aquella voz era la suya... pero algo dentro de ella había cambiado.

La leyenda de MariamHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora