"¿De dónde nace un villano? Algunos aseguran que la maldad se reconoce desde el primer aliento, otros que es un legado oscuro que se hereda como una marca imposible de borrar. Tarde o temprano, esa sombra busca a su portador, lo consume o lo obliga...
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—Leo, ¿tú sabías eso... y aun así entraste a este lugar sin medir las consecuencias? —dijo Xóchitl, con la voz tensa y la mirada clavada en él. Su pregunta cortó el aire y desvió la atención hacia una verdad recién descubierta.
Leo no respondió al instante. Tragó saliva y bajó la mirada, como si buscara una excusa enterrada entre las grietas del suelo.
—Claro que lo sabía, linda —intervino Mariam, su tono impregnado de una superioridad que le heló la sangre a todos—. Pero como siempre, ese instinto de héroe barato lo cegó. Salvador de nadie. Ni siquiera de sí mismo.
Sus ojos se posaron en Leo con una mezcla de desprecio y lástima.
—Mi abuelo le hizo el favor de regresar por donde vino... cuando le apostó su alma —añadió con una sonrisa tenue, casi divertida.
Leo alzó la vista. Había algo cansado en su expresión, pero también una chispa que no terminaba de apagarse; el orgullo, quizás, o la sombra de lo que fue.
—Supongo que todos cambiamos después de cruzar ciertas puertas —murmuró, dirigiéndose a nadie en particular, aunque sus ojos estaban fijos en Mariam—. Algunos perdemos el alma... otros la ganan.
Sonrió, pero no había rastro de orgullo en su gesto. Solo un dejo de ironía.
—Y mírate ahora.
—¿¿Me estás reclamando mi legado?? —soltó ella con una risa amarga—. Yo no lo robé, Leo. Lo obtuve. Mientras tú... tú lo perdiste porque tus amigos decidieron por ti. Te sacaron al Charro, te arrancaron del poder... y tú lo aceptaste. Recuérdalo bien. Ese cuadro no miente —añadió, señalando con el mentón la pintura—. No era tu rostro el que aparecía ahí.
-Bien ya que estamos aquí vamos a continuar con esto que es lo que sigue- pregunta Beatriz
—¿Creen que no puedo tener misericordia con ustedes? —la voz de Mariam se deslizó como filo entre los presentes, suave pero implacable—. Qué lástima... entonces tendré que hacerles cambiar de opinión. Aún les concederé una oportunidad la última para que salven sus patéticas vidas. Las joyas restantes Por favor —dijo, alzando la mano con toda la calma de quien no teme la desobediencia—. Entréguenlas.
—Aquí están... y ahora, ¿qué sigue? —murmuró Leo al depositar las joyas en sus manos. Pero sus ojos no la miraban a ella, sino a sus propias manos: antes blancas, ahora marcadas con las mismas huellas malditas de antes. Las venas, negras como tinta seca, sobresalían como si algo dentro de él aún no hubiera terminado de romperse.
—Gracias, Leo —respondió Mariam, acariciando con la mirada el brillo de las joyas recién recuperadas.