"¿De dónde nace un villano? Algunos aseguran que la maldad se reconoce desde el primer aliento, otros que es un legado oscuro que se hereda como una marca imposible de borrar. Tarde o temprano, esa sombra busca a su portador, lo consume o lo obliga...
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El espejo comenzó a cambiar, las imágenes deformándose, mostrando posibilidades que se entrelazaban con su destino. Lo que veía la estremeció. No podía creerlo. Esto lo cambia todo.
La crueldad en su reflejo la sacudió. ¿Era realmente capaz de llegar tan lejos? Su alma estaba consumida, la bondad desvanecida. Ya no podía diferenciar lo bueno de lo malo. Quitarle el alma a un desconocido era una cosa... pero hacerlo con alguien que había conocido, con quien había compartido un instante de su existencia, era diferente.
El espejo mostró su verdadero destino.
Su sombra se alargaba, su mirada reflejaba la oscuridad del Charro. Leo a su lado, los demás a sus pies.
Era la reina de un imperio de almas condenadas. Un trono de sombras, una voluntad inquebrantable.
—No... no me niego, pero no puedo hacerlo —susurró, con lágrimas deslizándose por su rostro—. ¿Cómo puedo cometer tal atrocidad? Sé que soy mala, pero esto... mirarlo a los ojos y arrebatarle su vida con mis propias manos... no tengo el coraje.
La voz tras ella resonó con frialdad.
—¿Y qué diferencia hay? Lo has hecho antes. Cuando realizas tus tratos, cuando los cobras, ¿acaso no les arrebatas lo mismo? Si quieres que lo que ves en ese espejo se cumpla, debes hacerlo.
Mariam exhaló con fuerza, cerrando los ojos. Debía seguir adelante.
—Bien... —susurró, recomponiéndose—. Regresemos ya a la hacienda. Debo ver si han vuelto.
Mariam deslizó los dedos sobre el espejo, sintiendo su superficie fría antes de devolverlo a su lugar de origen la hacienda junto con ellos. El reflejo ya había mostrado su verdad. Su destino estaba sellado.
Cuando salió, la brisa nocturna apenas movía su cabello, pero entonces lo vio.
A lo lejos, una carreta irrumpía en el horizonte, galopando con furia hacia la hacienda. El sonido de los cascos resonaba como un trueno, rompiendo el silencio de la madrugada. Leo y sus amigos habían tomado su decisión.
Vendrían por ella. Creían que podían cambiar su destino, escapar de su mundo. Pero era demasiado tarde.
Mariam sonrió con calma, sosteniendo una de las joyas entre sus dedos.
—Vengan, entonces.
Pero cuando pronunció aquellas palabras, vio cómo la carreta comenzaba a disminuir la velocidad. Las figuras se movían a lo lejos—Leo y sus amigos, probablemente buscando otra salida, otra forma de escapar.
Cobardes.
Los primeros rayos del sol empezaban a teñir el horizonte, una advertencia silenciosa de que el tiempo se les estaba agotando.