Capitulo 40

162 17 2
                                        

MARIAM 

Leo y sus amigos, por fin juntos

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Leo y sus amigos, por fin juntos. Eso significa que mi plan llega a su fin; solo me falta la última pieza. No son tontos: han notado la ausencia de varios del equipo, pero siguen adelante como si nada, buscando la salida sin importar que ya no estén completos. Les da igual; creen que huir es suficiente, que la unión basta para salvarlos. Se equivocan.

No podrán encontrar a Teodora. Ella ya está con Nando, fuera de mi camino. Ahora puedo ejecutar la última parte de todo lo que he ido tejiendo durante tanto tiempo. Recordar lo de hace unas horas me deja un sabor dulce: la venganza, sin duda, se sirve fría.

—Mira nada más, si es la señorita Teodora Vicenta de la Purísima Concepción de la Inmaculada Trinidad Villavicencio Duquesa de Hora verás, Marquesa del Jujuy y niña de la condesa.

 — Qué nombre tan pretencioso —digo, recostada en el muro, observándola desde arriba.

—Ay, por favor, aquí no hay señal para mi teléfono; no puedo cambiar mi estado. Una loca me quiere matar, ¡por favor! —responde ella, fingiendo pánico.

—Señorita, como sea que te llames, no estoy aquí por gusto. Vine a hacerte un favor: abrirte los ojos. Pero creo que es mejor que sigas tu camino y te atengas a las consecuencias.

—Lo único top que tienes es tu vestido. Nada más. Pasas por abandonada y por eso eres la mala de la película. Ya supéralo —me provoca, mientras la miro con calma.

—Sabes, me caes bien. A diferencia de ese circo ambulante que es Leo, tienes algo interesante. Nando tenía razón al enamorarse de ti. Lástima que nunca pudieron estar juntos; él quería todo contigo: boda, casa, hijos... el paquete completo. La vida es injusta.

—Que mi Nandito me ama, claro que lo sé; casi nos casamos en la feria —responde ella, con una sonrisa que no llega a los ojos.

—Casi —repito, y en esa palabra está todo lo que planeé—.

—No soy tan egoísta como tú. Puedo vivir con el dolor en el pecho sabiendo que Nando es feliz, con familia e hijos; eso es amar de verdad —dice ella, con la voz que intenta convencerse más a sí misma que a mí.

—Es cierto —replico—, pero ¿le contaste que, por la ambición de tu tío, condenaste a toda su familia? ¿O esa parte la omitiste? ¿Crees que te seguirá amando después de saber que tu tío y mi supuesto abuelo vendieron su alma al charro para darte los lujos y el estatus de niña rica que tanto presumes?

—Eso ya no importa. Por más que queramos, la muerte nos separó y no hay nada que pueda cambiar eso —se aferra a la negación.

—Esa es la cuestión, querida: la muerte ya no los separa. Él ahora es como tú.

—¡Mi Nandito no puede estar muerto! —me apunta con el dedo, la voz quebrándose—. Tú lo mataste, ¿no es así? No puedo creer que fueras capaz de hacerlo sabiendo cuánto te quería.

La leyenda de MariamHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora