"¿De dónde nace un villano? Algunos aseguran que la maldad se reconoce desde el primer aliento, otros que es un legado oscuro que se hereda como una marca imposible de borrar. Tarde o temprano, esa sombra busca a su portador, lo consume o lo obliga...
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Hay cosas que tal vez muchos no entiendan —y créanme, yo tampoco lo sabía hasta que me tocó vivirlo. Las mentiras familiares son así: silenciosas, enredadas, letales. Todo lo relacionado con mi familia es un caos, y ese caos empieza desde mis abuelos.
¿Qué ocurrió realmente cuando mi abuela le confesó a su esposo —el hombre que yo creí era mi abuelo— la verdad sobre el origen de mi padre? ¿Le guardó rencor por no ser su hijo legítimo? ¿O lo aceptó porque era hombre, mientras que, a mí, por ser mujer, me condenó al silencio?
¿Por qué mi abuelo biológico nunca me buscó, si desde nuestro primer encuentro sabía que podía encontrarme en Puebla de los Ángeles?
¿Qué le dijo doña Toñita a Leo sobre mí? ¿Qué palabras sembró en su mente antes de que yo pudiera explicarle quién soy?
Son preguntas que me persiguen desde hace tiempo. Como la enfermedad que se llevó a la abuela de Leo —una sombra que nadie quiso nombrar, pero que dejó marcas en todos.
Eso es solo la punta del iceberg.
Mi familia nunca fue funcional —si es que lo que tuve puede llamarse familia.
Crecí en la cuna de un linaje roto, donde no compartía sangre con el patriarca. Mi padre era un hijo ilegítimo, nacido del miedo más antiguo, del nombre que nadie se atrevía a pronunciar: el Charro Negro. Un legado maldito que lo perseguía desde el día en que mi abuela selló un pacto con él, desesperada por la infertilidad del hombre con quien fue obligada a casarse.
Creyó que ese trato la salvaría. Pero fue su perdición.
Perdió a su hijo y a su nuera, desaparecidos sin dejar rastro. Los buscaron los padres, los amigos, incluso miembros de la familia de aquella amiga que, en su adolescencia, casi muere a manos de un Nahual. Nadie sabía que también iban a desaparecer, por seguir tentando al destino sobrenatural.
Lo que ignoraban era que sus hijos ya estaban marcados. Que el vínculo con ese mundo oculto nos alcanzaba a todos. Porque todas las familias tienen su secreto. Y el nuestro sangra.
Esta familia es el claro ejemplo de que el linaje no garantiza humanidad. Qué maravilla genética: manipulación, ego y drama, todo en un solo paquete.
—Miren nada más quiénes están aquí... mi familia favorita —dice Mariam con sarcasmo, cruzando los brazos—. He de admitir que me impresiona cómo logran manipular a los demás hasta que terminan estafados. Es un talento que corre por sus venas. Deberían enseñarme, así podría cerrar mejores tratos.
—Señorita Mariam, ¿qué hace aquí? —pregunta uno de los adultos, incómodo.
—¿Tú qué crees, papá? Seguro vino a engañarnos otra vez —responde Beatriz, con desdén.