Cap. 30

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MARIAM 

Estaba hecho

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Estaba hecho. Ya nada podía detenerla. Su destino acababa de sellarse para siempre, y con él, la última chispa de duda. La noción de lo correcto y lo incorrecto se había disuelto junto con su humanidad — esa que alguna vez la frenó, esa que preguntaba si valía la pena seguir con el resentimiento. Ahora, el resentimiento era lo único que quedaba.

Durante un largo rato, permaneció abrazando aquel cuerpo ya sin vida. Había sido alguien importante... y por eso, lo sostuvo con lágrimas interminables, susurrando perdones que nunca serían respondidos.

Pero todo llanto tiene su fin. Se incorporó lentamente, se secó las lágrimas que aún ardían sobre su rostro, y comprendió que ya no era tiempo de llorar. Era momento de culminar lo que había planeado con meticulosa paciencia durante casi dos años.

Caminó lentamente hacia el espejo. Ese que la había arrastrado a viejos recuerdos, ese que presenció la puñalada por la espalda — testigo mudo de una venganza cocida a fuego lento.

Ahora todo era distinto. Algo se había quebrado... y al mismo tiempo renacido dentro de ella. Recordó su primera vez frente al espejo, justo al llegar a la Hacienda. No sabía del todo qué estaba haciendo — sola, en un lugar ajeno, con un nuevo papel que ella misma había elegido cargar. No tenía guía, pero sí instinto. Y ese instinto la condujo hasta allí, hasta lo que ahora llamaba hogar.

—Señorita... señorita... —la voz la sacó de sus pensamientos. Un acento poco familiar para ella se colaba desde la puerta lateral—. Soy su mayordomo. Mi nombre es Rousseau. Estoy aquí para ayudarle a familiarizarse con el lugar.

La pausa fue breve, como si respetara la importancia de cada palabra. —El antiguo amo me pidió entregar esta carta a quien viniera... y esa persona es usted. Si abre la puerta, se la puedo dar —dijo con paciencia, esperando que ella decidiera si abrir... o continuar el rito de silencio frente al espejo.

Después de un breve silencio, la puerta se abrió lentamente. Mariam no mostró todo su rostro, solo extendió una mano para tomar la carta. Sus dedos rozaron el papel con curiosidad, como si el tacto pudiera revelarle algo del pasado de aquel lugar. Al otro lado, el hombre que la había llamado —su mayordomo, aparentemente— esperaba con una postura paciente. Ella lo observó con discreción, preguntándose si era alguien que había llegado allí por condena, por deber o por alguna razón aún más oscura.

—Gracias por traerla —dijo con cortesía y un leve tono de timidez, un reflejo involuntario de aquella parte de sí misma que aún no se endurecía.

—No es ningún problema, mi señorita —respondió el hombre, con una reverencia controlada—. Ahora le pertenecemos a usted, y es un honor servirle. Cuando esté lista, puedo presentarle a los demás. Así se familiarizará con lo que será su entorno, su legado... su casa.

Mariam lo contempló sin responder de inmediato. Su mirada, aunque contenida, era suave, casi cristalina. Por unos segundos, volvió a ser la joven que no sabía cómo ocupar un espacio tan grande, tan lleno de ecos, tan cargado de historia.

La leyenda de MariamHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora