Cap. 36

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Leo Sanjuan 

El silencio quedó suspendido tras aquella pregunta sin respuesta

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El silencio quedó suspendido tras aquella pregunta sin respuesta. Seguimos caminando, como si cada paso nos acercara a un destino oculto, buscando a los demás, intentando descifrar qué es lo que realmente se necesita para salir de este lugar.

En lo más profundo de mi pecho, una fuerza me grita: proteger a Mariam. Protegerla del dolor, de las sombras que acechan, de aquello que podrían arrebatarle. Es una rebelión entre mi mente y mi corazón: la razón me pide avanzar, pero el corazón insiste en detenerse junto a ella.

Y aun así, sigo. Porque sé que debo hacerlo. Porque sólo al continuar descubriré hacia dónde nos llevará este camino incierto.

El silencio incómodo se extiende a kilómetros, tan palpable que, si Mariam lo percibe, será la más feliz del lugar. Y entonces me pregunto cómo responderle a Xóchitl, cuando la curiosidad me consume: ¿qué habría sido del Charro sin su intervención? Sé que no me lo perdonaría. Basta con ver cómo aborrecen a Mariam por ser quien es, para comprender que mi destino habría sido aún más oscuro si aquella imagen del espejo se hubiera cumplido en su totalidad.

Sin más, seguimos caminando por este sitio que parece no avanzar, como si el tiempo se hubiera detenido. De pronto, un mareo me obliga a detenerme: el mundo comienza a girar a mi alrededor, y la realidad se disuelve en un torbellino que amenaza con arrastrarme hacia otra dimensión.

De pronto, todo se vuelve oscuridad. Mi mente comienza a tejer imágenes y recuerdos que sé, con certeza, no me pertenecen. Apostaría que son de Mariam, pues se sienten ajenos y, al mismo tiempo, profundamente íntimos.

El lugar que aparece ante mí es hermoso: un jardín nocturno, lleno de flores que resplandecen bajo la luz de la luna. El aire está impregnado de misterio, y la visión parece surgir desde los propios ojos de Mariam, como si yo estuviera mirando el mundo a través de su alma.

Oculta tras un arbusto, Mariam aguardaba sobre el caballo del Charro, paciente y silenciosa, como si la noche misma la protegiera. El hombre quedó solo, y en ese instante el caballo se inclinó. De él descendió Mariam, envuelta en toda su gloria y oscuridad, iluminada por la luna llena que bañaba la escena con un resplandor espectral.

Su cabello, dorado como el oro, caía bajo el sombrero característico, mientras los adornos de su traje relumbraban con la luz lunar. El reloj del pueblo marcó las campanadas de la medianoche, sellando el momento como un presagio.

Con una gracia mística y hechizante, Mariam avanzó hacia su víctima. La falda corta y las botas largas delineaban sus piernas blancas, siguiendo el mismo patrón de su cabello brillante, como si cada detalle de su figura estuviera destinado a hipnotizar y dominar. 

—Tú tienes algo que ahora ya es mío. ¿De verdad creíste que podías escapar tan fácilmente, escondiéndote en una iglesia como el cobarde que eres? —dice Mariam, con voz firme.

La leyenda de MariamHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora