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Selina Kyle



A veces la vida se burlaba de él, no solo a veces, siempre, el como fiel creyente y principal fanático de la relación de sus padres (al menos lo poco que recordaba y Alfred le contaba en esos días lluviosos), nunca creyó estar pasando por esto.

Se prometió que después de aquella loca rubia, nunca volvería a confiar en una mujer, pero aquí estaba, con el corazón en la mano, uno de sus mejores trajes y un ramo de orquídeas blancas.

Si bien una vida de crimen no era una historia de amor, para él fue el comienzo de algo que estalló sin querer en lo profundo de su ser.










Era una de esas misiones que Alfred odiaba, que lo obligaban a dejar la empresa y sus estudios casi terminados de lado, infiltración en otro país, curiosamente, Rusia, había rastreado uno de sus chips de rastreo hasta un lugar casi abandonado en Rusia.

Primero fue lógico, tal vez estaban intentando seguir la internación de los osos, o tal vez algún ave rapaz se llevó a uno de los tantos peces que tenían rastreador.

Pero este se movía errático, pasando curiosamente en casas grandes, gamas y subastas, algo aún más curioso, siempre desaparecía alguna pieza importante después de esa pequeña parada.

Y aquí estaba, una subasta importante, había trabajado lo suficiente en su coartada para ser uno de los tantos ayudantes que sacaban las joyas a relucir, la pieza que le encargaron, un collar de diamantes sin pulir, solo piedra preciosa lo más natural salida de una mina volcánica, el precio, claramente solo algún loco con billones en el bolsillo podía costear.

Así empezó, un apagón, la voz de Alfred diciendo que la señal estaba cerca, un forcejeo, una persecución.

Cuando la atrapó en una azotea no pudo quedar menos fascinado, traje de cuero, ojos coquetos, labios bonitos y un coqueteo que fue y vino como un baile violento de presa y predador.

Un juego que no pudo dejar, las noches de perseguirse como niños dieron a charlas de media noche mientras vigilaba a algún corrupto, unos errores de misión cada vez que ella estaba cerca, lo mucho que quería besarla.

Siempre pensó en esos romances fugitivos, pensó en dejarlo, quitarse la máscara y ser solo el mismo, dejarla conocer más de él, que ella lo dejara conocerla aún más.

Los besos no tardaron, los roces entre misiones, las apariciones, los topes en sus rondas nocturnas, y luego esa noche bajo la luna, donde los corruptos, los maleantes y todo lo malo que pasaba no existía, fue un suspiro en su tormento.

Orquídeas… Alfred le dijo que eran amor puro, pero debió pensar que un amor fugitivo no es tan puro.





—Fue divertido Bruno… pero solo era eso, diversión.— sostuvo el ramo con fuerza, esa voz juguetona que antes le causaba un revoltijo, ese latigazo de emoción, ahora no me causaba eso.

—si… yo… debo irme…— ni siquiera entrego el ramo, se lo llevó consigo hasta donde estaba la tumba de su madre.

Dejó las flores sobre la lápida fría, estaba limpia, Alfred nunca descuidó nada, ni siquiera esto.

—supongo que el amor no es para mí… y el amor más puro que tuve fue el tuyo, mamá…— no quería sonar lastimero, no lo hizo, sonaba ronco como si hubiera estado bebiendo desde temprano, tal vez lo había estado haciendo, recordaba haber tirado una botella antes de llegar para que su madre no lo viera bebiendo.

Un viejo se paró a sus espaldas, sabía que no era Alfred, él nunca tuvo esa aura de soberbia, podía estar borracho pero no indefenso, se levantó lentamente, tambaleándose con dramatismo.

—se que mientes muchacho, eres digno de mi sangre, igual de ingenioso pero ingenuo que Thomas, pero fuerte y decidido como Eliot, eres digno del legado.— reconoció la voz de inmediato, era el pez gordo que venía siguiendo desde que supo lo de sus padres.

—Sangre negra…— lo encargó sin la máscara, llevaba meses siendo entrenado por ese mismo hombre después de acorralarlo en su buque de carga en el muelle.

—no seas tan formal hijo… dime abuelo.— era como ver una versión anciana de su padre, más robusta, con rasgos más gruesos. — definitivamente, eres el botón de oro de la familia… alégrate muchacho, el legado Wayne es tuyo.— el hombre sonrió, pero no era esa sonrisa que conocía de su padre, era más bien, una mezcla de orgullo y crueldad.

No fue una reunión normal de familia, fue más una orden a la que no se podía negar.

—serás mi sucesor, todo lo que debió ser de mis hijos será tuyo, incluso este manto…— ahí empezó su maldición, con esa cosa que tenía la W en cada punta, pegaba más de lo que debería para ser tela, eran años de sangre y persecución. —eres un Wayne, igual que tú padre, solo que él era ingenuo, pensaba que podía hacer de este su hogar, pero pertenece a Rusia, y la sangre te está llamado.— esto no es lo que tenía planeado, ese hombre, como conocía a su padre, sentía la sangre hervir y mil preguntas en su cabeza, pero ahora solo quería una.

—¿Tu mandaste matar a mi padre?—

La Mafia Wayne Donde viven las historias. Descúbrelo ahora