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El viento soplaba con una calma engañosa sobre la ciudad a medio reparar de Lionés, deslizándose entre las torres truncadas como si intentara ocultar, bajo un susurro suave, las cicatrices aún abiertas de las antiguas batallas. Las lonas de lino que cubrían los andamios improvisados se mecían con un ritmo hipnótico, mientras el eco de los martillos y las sierras, que hasta hace poco llenaba el aire con la promesa de la reconstrucción, se había desvanecido por completo. Un silencio antinatural se instaló en las calles; era como si incluso los artesanos y soldados hubieran percibido, en la médula de sus huesos, que el aire se estaba volviendo pesado, cargado de una electricidad invisible.
El grupo de los Siete Pecados Capitales avanzaba entre escombros y adoquines levantados. No caminaban como héroes victoriosos regresando a casa, sino con la cautela de soldados veteranos que saben que la paz es solo un breve intermedio entre dos tormentas. La conversación que mantenían no era una charla casual para matar el tiempo; cada palabra estaba preñada de una tensión eléctrica, y cada silencio pesaba más que el hierro de sus propias armas.
Diane, cuya silueta colosal proyectaba una sombra que se extendía como un manto protector sobre sus compañeros, bajó la mirada hacia su líder. Sus ojos, del color de la lavanda fértil, reflejaban una amalgama de preocupación materna y una necesidad casi infantil de consuelo. A pesar de su fuerza capaz de mover montañas, en ese momento emanaba de ella una fragilidad honesta. Sus manos jugueteaban con los bordes de sus guanteletes, denotando una inquietud que su tamaño no podía camuflar.
— Oye, Capitáaaaan... ¿tú entiendes realmente la profecía del Rey? —preguntó, alargando el nombre de Meliodas como si fuera un ancla a la que aferrarse para no ser arrastrada por la incertidumbre.
El nombre quedó suspendido en el aire, vibrando entre las paredes desconchadas, sin recibir una respuesta inmediata. Meliodas no reaccionó. Su expresión, habitualmente jovial y despreocupada, se había vuelto una máscara de piedra. Sus ojos verdes no estaban fijos en el camino, sino perdidos en un punto inexistente del horizonte, navegando por un mapa de recuerdos que solo él poseía. Parecía estar encajando piezas de un rompecabezas cuyas aristas cortaban al tacto.
Antes de que el silencio se tornara insoportable, Merlín tomó la palabra. Caminaba unos pasos por delante, su capa oscura ondeando con una elegancia que desafiaba las leyes de la física. No se molestó en girar la cabeza; su voz, gélida y precisa como un bisturí, cortó la tensión ambiental.
— Sabemos que algo de proporciones catastróficas podría estar gestándose en Camelot. —sentenció con una calma que, lejos de tranquilizar, erizaba el vello— Pero, por ahora, solo manejamos variables y conjeturas.—