Todo tiene su final. Todo llega a su fin en un momento determinado. Incluso la Tierra se acaba, y con ella, todas las vidas que en ella habitan.
Eso fue lo que nos pasó.
El inicio del fin llegó cuando menos lo esperábamos. Cuando teníamos nuestras defensas abajo, porque pensábamos que ya nada pasaría. Pero, estábamos confundidos. Lo mal se vuelve peor, lo peor se vuelve horrible, y la cadena sigue hasta que ya no damos más. Ese fue uno de nuestros principales errores: no aceptar lo que se nos venía arriba.
Pasó sin causar ninguna conmoción.
El infestado cero, cayó a causa de la Fiebre.
¡Vale! Eso ha pasado siempre, ¿no? No teníamos por qué temer. Era algo tan normal como las estrellas fugases que veíamos en el cielo. Las personas morían a causa de alguna enfermedad todos los días. La historia se repite y se repite. Es un círculo constante.
Así que, la víctima uno, entró en acción. Luego, murió. No sin antes dejar, por lo menos, a otros tres infestados más.
Lo increíble de la historia no era la enfermedad, sino la rapidez con que esta mataba. Dos días y ya. Solo dos días para acabar con el anfitrión portador.
Al mes de haber empezado las muertes, la taza de mortalidad en el país aumentó un diez por ciento. Dos mil muertes, sin contar la de los demás países. Si lo hiciéramos, estaríamos hablando de tres punto cinco millones de muertos. ¡Sorprendente cifra! Para un mes, es bastante sorprendente.
Sin embargo, el orden social seguía intacto. No había de qué preocuparse. Las clases seguían, las fábricas seguían produciendo. Todo seguía exactamente como antes de Virus.
Nuestra vecina fue la primera de todos mis conocidos en enfermarse. No salía de casa, y cuando lo hacía, era solo para sacar la basura o arreglar un poco el jardín. Al segundo día ya su rostro había cambiado por completo. Yo la miraba desde la ventana de mi habitación. Sus pasos no eran firmen, sus ojos se habían hundido mucho más. Siempre estaba recostada de las paredes, o de los muebles. El tercer día, no la vi, solo en la noche, cuando se lanzó en su sofá (que debía de haber estado rebozado de virus) a ver una película. Al cuarto día llegó su esposo, escuché gritos de dolor. Y luego, dos días después, fuimos a su entierro. No era el único, había, por lo menos, unos tres más.
Al llegar a casa, sentía mis hombros pesados. Era un peso sin cuerpo, pero tan existente como la muerte en aquel (y este) tiempo. Me quité el abrigo, me tiré en el sofá y cerré los ojos. No recuerdo en qué estaba pensando en aquel instante, pero sea lo que sea, hizo que una lágrima saliera de mis ojos. Solo una. Más en la noche, mamá nos llamó para cenar. Todo transcurrió en silencio, ninguno dijo nada. Y allí noté que las cosas estaban cambiando. Era una tradición familiar preguntar sobre nuestro día. Incluso cuando era domingo. Al terminar, mamá nos obligó a tomar un par de aspirinas y luego nos fuimos a la cama.
Me quedé dormida un rato después de haberme acostado. Y luego de haberle mandado un texto a Ariadna, mi mejor amiga. No obtuve su respuesta.
