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No es que esté orgullosa de lo que hice. Ni siquiera sé si estarlo o reprenderme por eso.

La cosa es que, en una de mis salidas nocturnas, hice algo que la pequeña chica que tenía una buena vida antes de que el virus apareciera jamás haría.

Fue en mi salida número siete.

Había estado caminando por un largo rato, odiando al mundo. Mi mente estaba centraba en pensamientos de mi niñez, y, como cosa obvia, las lágrimas no tardaron en salir.

La noche estaba fría. Las luces de los pósters de electricidad alumbraban las calles muertas. Me puedo atrever a decir que yo era la única en las calles a esas horas. No quería estar en casa. No quería que nadie me hablara. Quería estar sola.

Un par de autos pasaron a mi lado. No les puse mucha atención. Estaba junto delante de la tienda cuando pensé en nuestra reserva de casa. ¿Podía hacer algo por eso? Claro que podía. Así que entré a la tienda, que estaba vacía en su mayor parte. Aún quedaban latas de atún, paquetes de galletas, una que otra lata de gaseosa en el piso, y muchos, pero muchos dulces. Nadie los quería, ni yo.

Tuve la suerte de encontrarme un par de cereales. Revisé la caja en mis manos. Dietético. Con razón nadie los quería.

Y algo dentro de mí se disparó al ver una sombra proyectarse en el suelo. Levanté mi vista y allí estaba ella. Era una señora ya adulta, bueno, eso no lo supe hasta que se acercó más a mí, al principio solo fue una sombra con la noche de fondo.

-¿Qué estás haciendo aquí tan sola? –Preguntó. Su voz tenía un hilo de gentileza.

-Compras.

Levanté las cajas de cereales y traté de regalarle una sonrisa. Solo me salió una mueca rara. Y, cuando bajo las cajas, la señora se pasa las manos hacia atrás y saca una navaja.

La hoja de metal alumbraba con las luces de las calles. Entonces ese algo de mí, lo que se había disparado antes, lo volvió a hacer.

Le lancé las cajas de cereales a la cara y corrí. Bueno, traté de correr, ya que ella me tomó del brazo derecho y me giró a velocidad terminal. Y dejándome llevar por mis instintos, le planté un golpe en la cara.

No temí a la muerte en ese momento. No lloré. No me rendí. Di la cara.

Me soltó de su agarre y le planté otro puñetazo. Ella estiró su brazo (en donde tenía la navaja) y yo me hice a un lado. Y Pum, le dí un codazo en el brazo. Supongo que eso le aflojó la mano, ya que la navaja cayó al suelo produciendo un golpe seco.

Ella se giró hacia mí. Le miré los ojos. Allí entendí sus razones de odio hacia todos nosotros. Entendí su aborrecimiento hacía los sanos. Entendí por qué era que trataba de extinguirme.

Y se me lazó arriba. Cuando si un paso hacia atrás me resbalé con una lata de gaseosa. Y pum, pagué la cabeza contra el suelo. Para la mujer no fue tan dolorosa la caía. Yo le amortigüé el golpe. De nada.

Ya no tenía escapatoria. Así que cerré mis ojos. Iba a morir. Ella me ahorcaría hasta dejarme sin aire, o me enterraría los dedos en los ojos. Algo iba a hacerme. O, quizás, iba a ponerse en modo loca y empezaría a enterrarme la navaja cuantas veces quisiera.

Y recordé la navaja.

El objeto brillaba como si hubiera tenido luz propia. Y no lo pensé dos veces. A veces tienes que hacer lo necesario para sobrevivir. A veces tienes que dejarte ir con tal de preservarte. Así que tomé la navaja y se la clavé en la garganta. 

Fiebre.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora