KIM
La recepcionista no se encuentra detrás del mostrador. Instintivamente, levanto la mirada hacia el techo de la habitación, en busca de cámaras... No hay ninguna. Tomo a Marcos de la manga de su camiseta y le digo muy bajo que avance.
El pasillo se extiende cinco puertas más allá. Hay un frío horrible, luego el aire se vuelve denso a medida que avanzamos. La respiración está fallándome por los nervios, pero hago caso omiso. De pronto, y para colmo, el aire acondicionado empieza a lanzar un sonido muy espeluznante, como si el aire que escupe fuera líquido. Marcos me toma de la muñeca y me hace detener.
—¿Qué ocurre? —Le pregunto, cerrado la palma de mi mano con fuerza, hasta que mis nudillos se vuelven blancos.
—El gas. Van a soltar el gas.
Recuerdo el gas. Una neblina espesa que llena cada habitación con fines sanatorios. Yo lo veo más como una tortura. Nunca se puede ver lo que hay delante de ti. ¡Gracias, Dean!
—Tenemos que seguir —le digo, pero él no se mueve—. Marcos, por favor. Yo haría lo mismo por ti.
Por la cara que pone, sé que se lo cuestiona. Yo también lo hago.
¿Ayudaría a Marcos si él estuviese pasando lo mismo que yo? La respuesta es simple: Por supuesto lo haría.
Y él parece entenderlo igual, porque da un pequeño paso hacia delante. No seguro, pero lo da.
La puerta del consultorio está delante de nosotros, justo a un paso de pasar el umbral. Sin embargo, aún no tenemos un plan. ¿Qué podríamos hacer para que Ross salga mientras busco información? Podría hacerme la enferma, sí. Podría hacer que Marcos vaya con ella a buscar a mamá. Podría decirle que quiero un vaso de agua, no he visto una máquina de agua allí dentro. Hay muchas cosas que podría hacer. Pero, por otro lado, Marcos debió de estar pensando sus opciones igual, ya que abre la puerta de golpe y, para mi sorpresa, está vacío.
El brillo verde del Hipo-Rive mata la oscuridad en la habitación. Doy un paso sonoro, casi golpeando con fuerza el suelo bajo mis pies. Si Ross estuviera, sin duda habría salido. No lo hace.
—¿Ahora qué? —Dice Marcos detrás de mí.
—Tú vigila la entrada, ¿va? Si Ross viene, llévala lejos, dile que algo no está funcionando bien. —Podría funcionar.
—Entendido.
La puerta se cierra detrás de mí y la oscuridad me atrapa. No puedo encender la luz, eso llamaría mucho la atención por las rejillas de la puerta. Me acerco al escritorio, hay un par de papeles allí, pero no creo que sea lo que busco. Abro el primer cajón, hay un juego de carpetas marrones identificadas con papeles. La primera es pequeña, dice apenas "Hipo-Rives". No me sirve. La segunda llama un poco más mi atención, "Salidas acumulativas", no sé lo que sea, no me interesa. La tercera lleva un nombre que siento haber escuchado millones de veces antes "Tratado Arthur". Sé que supone mucha importancia, pero no más de lo que en realidad estoy buscando. La puerta suena y me sobresalto un poco, pero me calmo al escuchar la suave voz de Marcos.
—¿Cómo van las cosas allí dentro? —Apenas puedo escucharlo.
—Bien, sí.
La última carpeta es un poco más grande, "Centro Médico de la Fiebre". ¡Bingo! Hay un juego de papeles, todos en distintos tamaños, colores y formas. La mayoría están escritas a mano, a letra rápida. Apenas logro mirar lo que dice, el brillo de la cápsula no es suficiente. Arrastro mi dedo por sobre la página cuando un golpe en seco suena detrás de mí.
