Nicholas con el corazón acongojado, tomó asiento en el frio suelo a un lado de la puerta de la habitación, desde allí escuchaba perfectamente los sollozos de la chica, la culpabilidad lo sumergió en la miseria, se sentía como una completa porquería, como una completa basura. Abrazó sus piernas y colocó su cabeza en las rodillas mientras pensaba en que haría para que Luciana no lo odiase o en el peor de los casos para que no lo asesinase por la mañana; sin duda lo primero que tenía que hacer era desaparecer la sierra eléctrica, solo por si acaso. Lo segundo, tenía que hablar con el estúpido rubiecito y tercero una intervención creativa. Nicholas solo había pedido disculpas en su vida a escazas personas –por no decir ninguna –pero sabía muy bien cómo hacer una intervención creativa, solo debía añadirle a la intervención algunas palabras como "lo siento" o "discúlpame" o "perdóname" o todas a la vez.
Ya tenía un pequeño plan trazado, a pesar de ello aún seguía desmotivado, Luciana todavía lloraba pero ahora con menos intensidad, él solo rogaba que se durmiera pronto, no aguantaba escucharla tan destrozada, miles de dagas estaban atravesando su cuerpo con cada lagrima que ella derramaba, algo exagerado pero era la verdad. Era cierto que él quería que ella se fuera, que no la soportaba mucho y que el poco tiempo que llevaban de conocerse había sido una guerra-tregua constante, pero Nick en el fondo le tenía solo un poco de aprecio, era su primera amiga real, no interesada en el dinero, ni en su belleza, además de que era pura e inocente, algo que a él en secreto le gustaba y era la primera persona a la que hería sin querer.
Nicholas sentía una necesidad de mostrarle el mundo, sabía que ella era como un pajarito que había estado enjaulado toda su vida, que ahora tenía que aprender a volar, tal cual como su madre le había dicho. Entonces ambos tenían que volar juntos. Le gustaba hacerla enojar, pero no herirla. Sin duda, él quería cambiarle su punto de vista. Se encontraba atado a ese sentimiento de "rehabilitar gamines" como decía su padre. Su padre decía: lo seres humanos y aún más los adolescentes viven con la ideología de cambiar a alguien, de convertir al chico malo en el chico bueno, de enamorar al mujeriego, de corromper a la inocente, de conseguir el amor de la chica con el corazón de hielo, en pocas palabras creen que pueden y tienen el poder de "rehabilitar gamines". Y ahora él estaba atrapado en uno de esos clichés de libro romántico.
Sonrió un poco cuando recordó que a ella no le importó salir medio desnuda para perseguir a su novio, ni siquiera le importó cuando la toalla se había desajustado y pudo ver su sostén mientras le gritaba y lo golpeaba, su sonrisa se borró casi al instante, eso solo significaba que ella estaba demasiado enojada. No supo en qué momento se durmió, solo supo que fue poco después de que dejara de escuchar a Luciana llorar.
Se despertó al tiempo que sintió que la puerta se abría y se cerraba fuertemente, saltó de su sitio y vio a la chica arreglada lista para trabajar, aunque no había podido ocultar sus ojeras, aun con maquillaje se le notaban a leguas. La siguió con lentitud a la cocina. Se sentó en la barra y la observó temeroso. Ella se movía ágilmente en la cocina, preparándose un desayuno sencillo, quería hablarle, pero tenía miedo, ella no lo había mirado ni una sola vez, era como si él no estuviese. Recostó su cabeza en la barra y cerró los ojos por unos segundos, eso estaba siendo más difícil de lo que pensó, su error lo estaba carcomiendo. Abrió los ojos y levantó su cabeza inseguro.
- Luciana, yo... realmente lo siento –se atrevió a decir, mirándola esperanzado. Ella ni se inmutó. –no era mi intención... yo... no sé qué... no hay excusas. Lo siento –siguió diciendo con la ilusión de que le respondiera, pero no fue así. Nicholas se levantó y se acercó con cautela, analizando cada movimiento sospechoso que pudiera interpretarse como que iba a matarlo en ese momento, pero no lo hubo, ni siquiera su cuerpo se tensó cuando estuvo a escasos centímetros susurrándole al oído lo muy arrepentido que estaba y cuanto deseaba que lo perdonara. –por favor, Luciana –suplicó cuando ella le dio la espalda para tomar la mermelada. –no, me hagas esto, te prometo, te doy mi palabra que voy a arreglar esto –más silencio. Le quito la mermelada y el cuchillo, buscando atención. No lo consiguió. Se interpuso en su camino, pero lo esquivo ágilmente. -¡Luciana! –gritó, nada. Empezaba a dudar de su propia existencia. –ya te prometí que hablaría con el estúpido rubiecito... perdón, con tu estúpido novio –estrelló su mano en la frente e intentó volver a corregirse –lo que quiero decir es que hablaré con tu rubiecito novio y todo estará como antes ¿sí? Ahora puedes decirme algo –la chica mordió su tostada como si un semi-dios griego no la estuviera perturbando -¡No puedes ignorarme por siempre! –le gritó una vez más, esta vez haciendo aspavientos con las manos, enfadado. –nadie ignora a Nicholas Reinaldi. –la tomó de la cintura con un poco de brusquedad y le plantó un beso.
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Atados al Amor
HumorNicholas Reinaldi y Luciana Montgomery llevan una vida de felicidad por separado, por vivir casi en polos opuestos nunca se han conocido, hasta que por cosas del destino, una agencia inmobiliaria les vende el mismo. Apartamento y ellos se ven obliga...
