Nicholas Reinaldi y Luciana Montgomery llevan una vida de felicidad por separado, por vivir casi en polos opuestos nunca se han conocido, hasta que por cosas del destino, una agencia inmobiliaria les vende el mismo. Apartamento y ellos se ven obliga...
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Una vez más creí haber muerto mientras divagaba por la oscuridad del sueño pero al igual que la vez anterior rayos de luz fueron apareciendo y trayéndome de a poco a la realidad. Una realidad dónde Luciana acariciaba mi cabello al tiempo que me decía cosas que podían hacer estallar mi corazón de felicidad. Mis ojos la enfocaron y ella sonrió, le sonreí devuelta. Estábamos bien era lo importante, habíamos logrado volver al campamento y ahora estábamos recluidos en la zona de enfermería.
- ¿Cómo te sientes?
- Como si me hubiese ahoga en un río y luego caminado un millón de kilómetros con un hipopótamo en brazos –el sonido de su risa fue música para mis oídos.
- No estoy gorda –se defendió divertida.
- No pero tu trasero hace por cuatro –levantó su mano para darme un manotón pero se arrepintió de inmediato debido a mi estado, así que optó por sacarme la lengua – ¿cómo estás tú?
- Como si hubiese salvado a un elefante de morir ahogado –aunque su comentario me causó gracia no reí, me limité a mirarla fijamente hasta hacerla responder –me siento mucho mejor, me vendaron el pie, me dieron medicinas y mucha comida. ¿Tienes hambre? –mi estómago gruñó en respuesta. Luciana se acercó a una mesilla que no estaba muy lejos de mi cama y tomó una bandeja, la puso en la camilla para luego ayudarme a levantar. Sentía como si hubiese recibido la peor paliza de mi vida, mis brazos se quejaban a gritos de cada movimiento que hacía, la cabeza me dio vueltas y Luciana se detuvo – ¿Qué pasó? ¿estás bien? ¿llamo a la enfermera?
- No, no... –la detuve antes de que saliera en búsqueda de la mujer –fue solo un mareo, estoy bien –me miró no muy convencida, aun así volvió a tomar asiento en la silla al lado de la cama y me acercó la comida. Ella pudo notar el dolor que me provocaba el esfuerzo alcanzar la cuchara y llevarla a mi boca, por lo que se apiadó de mí y me dio de comer como a un niño pequeño. Y como si fuera poco me cepilló los dientes una vez terminada la cena, aunque me quejé de que podía hacerlo solo, mantuvo su postura de madre y acepté que ella lo hiciera – ¿Y los demás?
- Se fueron hace rato a cenar, dijeron que volvían más tarde, así que ya no demoran en llegar –me hice a un lado para darle espacio y que se sentara a mi lado, ella negó –debes descansar y reponer energías.
- Mis energías se reponen más rápido a tu lado –un leve sonrisa curvó sus labios, sin embargo, aquella no era una sonrisa feliz, era una triste y melancólica que no auguraba buenas noticias – ¿Qué pasa?
- Nada –de inmediato intentó poner un nuevo tema de conversación pero no la dejé si quiera abrir la boca.
- Luciana, ¿Qué pasó? –sus ojos se cristalizaron y fue entonces cuando me preocupé, dejé de lado el malestar en mi cuerpo para tomar su rostro entre mis manos –Hermosa... –me atreví a darle un casto beso – ¿Qué pasó? –añadió centímetros de distancia a nuestra cercanía y exhaló con fuerza.