Nicholas Reinaldi y Luciana Montgomery llevan una vida de felicidad por separado, por vivir casi en polos opuestos nunca se han conocido, hasta que por cosas del destino, una agencia inmobiliaria les vende el mismo. Apartamento y ellos se ven obliga...
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El reloj no esperaba un segundo aunque le rogara e iba tan rápido que pronto el auto ya estaba tocando la bocina en el primer piso, mi cuerpo pareció entrar en shock.
- ¿Luciana? –no me hallaba capaz de actuar ni de responder, sólo la miraba asustada cual cordero acorralado –ahora o nunca, decide –Layla tomó mi brazo y tiró de mí en dirección a la salida pero yo planté con fuerza los pies en el suelo e impedí que me moviera un centímetro más. Ella estaba a punto gritarme cuando mi mundo se detuvo por microsegundo, dejé de respirar y mi corazón dejó de latir. Él pareció experimentar lo mismo porque permaneció estático en el umbral mirándome de esa manera tan arrebatadora que me erizaba la piel –yo iré... a distraer al chofer –su hermana al percatarse de su presencia optó por darnos un momento a solas –no demores –me ordenó antes de desaparecer.
Nicholas se acercó lentamente a mí sin mediar palabra mientras yo luchaba porque mis piernas echas gelatina no cedieran.
- Te ves preciosa –el rubor en mis mejillas no se hizo esperar. Tomó mi rostro en sus manos y acortó la distancia pero a pesar de las ganas que ambos teníamos por besarnos, él optó por depositarlo en mi frente. Sumergí la nariz en su cuello y aspiré su aroma al tiempo que lo rodeaba con mis brazos.
- Creí que no vendrías
- Siento la demora, hermosa. He tenido un día de locos –me aferró a su cuerpo como si nunca en la vida quisiera dejarme ir – ¡Dios! No tienes ni idea de lo asustado que estaba pensando que ya estarías en la iglesia.
- Me quedé a esperarte, sabía que vendrías –mi voz sonó quebrada dando indicio de que en cualquier momento las lágrimas harían acto de presencia.
- Hermosa, tengo que decirte algo importante –mi estómago se revolvió ante aquella frase, me retiré lo suficiente como mirarlo fijamente.
- Me asustas –sus océanos se mostraban intranquilos, preocupados y tristes.
- Luci... –su mano derecha viajo hasta mi mejilla –me voy –una sensación de déjà vu me embargó, habíamos vivido una situación parecida con la única diferencia que en aquel entonces yo había dicho esa frase.
- ¿cómo que te vas? ¿a dónde?
- De la ciudad –deshice el abrazo y me alejé –pedí traslado en la universidad y me lo han dado. Me iré en dos horas.
- ¿por qué?
- Es lo mejor para ambos. Yo no podré soportar verte casada y no quiero que tengas problemas en tu matrimonio –gotas de agua salada resbalaron sin previo aviso por mis mejillas –Luci, no... –limpió mis lágrimas pero estas seguían multiplicándose –no llores, arruinaras tu maquillaje –intenté contenerme pero me era casi imposible sobre todo cuando el también comenzó a llorar. Esta vez no pude contenerme y lo besé. Lo besé sin importar el maquillaje, ni la boda, ni mi prometido; y él me correspondió como siempre con la misma pasión.