Nicholas Reinaldi y Luciana Montgomery llevan una vida de felicidad por separado, por vivir casi en polos opuestos nunca se han conocido, hasta que por cosas del destino, una agencia inmobiliaria les vende el mismo. Apartamento y ellos se ven obliga...
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El despertador de mi abuela marcaba las 3:04 de la madrugada, aquella cama no era ni la mitad de cómoda que la del apartamento en Calarcón pero sin duda alguna había sido la mejor decisión. Los sucesos de las semanas anteriores seguían frescos en mi memoria, al igual que todo el material guardado en el celular de Nicholas; la culpa parecía querer acabar con mi consciencia, sin embargo, la razón que me mantenía despierta a esta hora no era nada de lo anterior, sino algo tan estúpido y simple como el hecho de extrañar a alguien, de extrañarlo a él y a sus tonterías. Cerré los ojos una vez más.
Sus labios rozando los míos.
Los míos devorando los suyos con fervor.
Sus manos acariciando mi rostro.
Las mías explorando su cuerpo.
Mis dedos recorriendo desnudez de su pecho.
Los suyos intentando cruzar el límite de lo permitido.
Mis recuerdos entremezclándose con los videos, mi mente haciéndome sentirlo tan real. Desperté dando un salto, con mi cuerpo empapado de sudor y la piel ardiendo por el deseo más mundano; giré con brusquedad buscándolo con la mirada, podía escucharlo suspirar mi nombre, jadeando tan cerca de mi oído.
<<Luci... me vuelves loco>> <<Luciana... me encantas>> <<hermosa, si no te detienes yo...>>
Tapé mis oídos como si así pudiera evitar escuchar su voz, pero todo estaba en mi cabeza. ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!
<<No tienes ni idea de cuantas ganas tenía de tocar tu trasero>> <<Bésame, hermosa>>
- ¡Basta! -grité a la nada y todo se detuvo. En la oscuridad de mi habitación mi acelerada respiración era lo único que quebrantaba el silencio, no quería volver a intentar dormir. Su ausencia se había convertido en el Freddy Krueger de mis noches.
Di otra vuelta más, acomodándome sobre mi costado, consiguiendo el mismo resultado: permanecer despierta. Deseaba que mis pensamientos no giraran en torno a las cosas buenas del muchacho sino que señalaran todos sus errores y me hicieran odiarlo pero estaba ese sentimiento latente que aún no me dignaba a aceptar y que salía a su rescate en momentos como este en los que más me quería alejar de él. Ni siquiera mis emociones iban acorde a cómo debería sentirme porque no me sentía tan mal, al contrario había una parte de mí que se sentía tranquila, en paz, casi feliz y otra que intentaba -aunque no llegaba del todo -preocuparse por Alejandro. La culpabilidad que me carcomía, en realidad, se debía principalmente a haber hecho algo que iba en contra de todos mis principios, algo que tantas veces había jurado no hacer y había juzgado a los que lo hacían; No obstante, a este punto ya mis principios no tenían ninguna validez puesto que había roto todos y cada uno de ellos.