El vacío a su alrededor ya no era tan reconfortante como años atrás, la reina de los vampiros se sentía sola, aunque sus adoradas creaciones puluaran cerca de ella no era suficiente, quería algo propio, el amor que no viniera ligado a la conversión, un corazón que ya no debería sentir se retorció en agonía, los recuerdos la atormentaron como fantasma.
—¿Señora? ¿Se encuentra bien? —Preguntó una mujer morena de ojos rojos.
—Sí, Lisha —La voz suave y sensual de la reina llenó el lugar, sólo escucharla provocaba escalofríos.
—Los demás nos esperan para el banquete, mi señora —le recordó con suavidad.
—Diles que se preparen.
La vampiresa salió de la sala del trono para informar al resto del Clan que la reina pronto se reuniría con ellos.
Con una gracia imposible se levantó de su asiento, era una reina y debía interponer el bienestar del pueblo que amaba a los anhelos de recuerdos pasados. Detrás de ella, en completo silencio, un hombre vestido de negro la seguía, era su segundo al mando y el primer vampiro que ella había convertido, Darwel era la creación más preciada que tenía, el único que conocía la verdad sobre su ascensión al trono.
Empezó a caminar hacia las enormes puertas del salón, los guardias detrás de ellas las abrieron y dejaron que pasara, con el vestido semitransparente rojo que traía sus labios y ojos resaltaban aún más.
Cientos de orbes escarlatas se posaron en ella, sus hermosos vampiros, la observaban como si de una diosa se tratara, había verdadera devoción en sus miradas.
—Mis pequeños, ha pasado tiempo desde la última vez que nos alimentamos juntos—les dijo con voz suave y cariñosa—. Los altercados con los Cazadores han ido en aumento y sé que hay muchos que desean ver las ciudades bañadas con su sangre.
Siseos de aprobación y desprecio, Lilith sonrió, entendía el odio que esos miserables humanos provocaban en su gente, ella era la encargada de recordárselos cada vez que los veía flaquear o mostrar compasión. Debía mantener una delgada línea, los límites que había trazado eran precisos, nada de asesinatos a menos que fuera necesario, si no controlaba a su pueblo la sangre se esparcería por todos lados y, aunque fuera una idea tentadora, sabía que la guerra sólo desataría el caos.
Le encantaba verlos juntos, desde donde se encontraba, en el borde de unas escaleras hechas de mármol, podía apreciar cada uno de sus movimientos, sólo vivían con ella los vampiros que había convertido personalmente, aunque había excepciones, a veces "adoptaba" a uno que otro por allí, no eran muchos y los consideraba parte del Clan.
Los vampiros esperaban con ansias ese tipo de noches, no era muy común estar en un mismo lugar todos a la vez, algunos ya eran lo suficientemente ancianos para asistir por respeto y devoción hacia su reina, otros, los más jóvenes, llegaban para divertirse, matar, sentirse poderosos.
Con un movimiento casi imperceptible Lilith indicó que las puertas que daban al jardín se abrieran, allí, completamente indefensos se encontraban centenares de humanos, en el pasado habrían arrasado con pueblos enteros pero esa ya no era una opción, tenían que mantenerse ocultos para seguir controlando a los humanos, desde las sombras y con sus fuentes de alimento tan confiadas ellos hacían lo que querían, provocaban guerras, masacres, decidían quienes gobernaban en el mundo humano.
Las personas desaparecían todos los días, a cada instante, nadie extrañaría a esos humanos y si alguien lo hacía no encontraría absolutamente nada.
Los colmillos se afilaron y sus gargantas exigieron sangre, en el instante en que Lilith les dio su aprobación los vampiros atacaron sin piedad, los gritos y gemidos de agonía llenaron el lugar, las súplicas, los intentos por escapar, sólo eran incentivos para ellos, les encantaba ver la desesperación en los ojos de su presa.
