La tensión era palpable, los vampiros sentían el cambio brusco en el ambiente, Lilith llevaba días sin salir de sus aposentos y eso inquietaba a la mayoría, incluso los antiguos notaban que algo andaba mal, rumores comenzaban a circular por todas partes alimentando la imaginación de su pueblo.
Por primera vez en mucho tiempo Lilith sentía miedo, su hijo se encontraba en peligro mientras fuera humano, la fragilidad de esas criaturas era irritante, débiles de cuerpo y mente, la furia e incredulidad se apoderaban de ella al recordar que ahora su primogénito era uno de ellos.
Los ojos de la reina no mostraban absolutamente nada, Luke había intentado vislumbrar algún indicio de emoción en esas hermosas orbes escarlatas pero lo único que encontraba era frío e indiferencia, al igual que en otros vampiros, Darwel les enseñaba muchas cosas después de que terminaban su entrenamiento, mientras los huesos se unían y la piel se regeneraba el vampiro hablaba sin parar, llenando sus mentes de información esencial, allí aprendió que con el paso de los años se adquiría conocimiento, poder, pero también el hastío se hacía presente, vivir por tanto tiempo le quitaba emoción a la vida misma.
Sabía que ella sufría, en silencio, no podía darse el lujo de demostrarlo, espías y traidores había por doquier, un solo error, uno solo, bastaría para que atacaran, esos malditos parásitos vivían esperando ese momento.
Cuando presenció cómo sus padres defendían a Lilith aquel día, la confusión se había apoderado de él, ¿cómo era posible que ellos, los mismos que cuidaban de él cuando estaba enfermo, se pusieran del lado de un monstruo como aquel? Ahora que era un vampiro comprendía el amor que sentían hacia Lilith, era un sentimiento avasallante, casi enfermizo, que nublaba la razón.
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La entereza que la caracterizaba se había desvanecido, alejarse de sus adoradas creaciones era una clara señal de que las prioridades habían cambiado para ella, en sólo días sus enemigos se enterarían y los ataques no se harían esperar.
Necesitaba pensar, controlar sus emociones, los únicos que sabían de la existencia de su hijo eran vampiros completamente leales a ella pero no podía arriesgarse, si los Cazadores o algún vampiro anarquista se enteraban irían tras él y eso no podía permitirlo, haría lo que fuese necesario para mantenerlo a salvo, ella era conocida por ser calculadora y despiadada, todo lo que hacía tenía una razón de ser, pero en esta ocasión no sabía cómo actuar.
Unos ojos azules destellaron en su cabeza, un pequeño niño en el bosque, la ternura que embargó cada fibra de su ser al contemplarlo.
Klaus.
El nombre salió de sus labios con incredulidad, recordaba perfectamente esa noche, al oler la sangre del pequeño las ansias por alimentarse crecieron en su interior, pero al verlo, al sentir la soledad que lo rodeaba no pudo acabar con el humano, incluso había considerado seriamente quedarse con el niño como mascota.
Ningún humano la había tentado a hacer algo semejante, siempre los convertía al sentir su potencial, pero Klaus... Ese niñito, su hijo.
Se levantó de la cama y con paso decidido abrió las puertas de su alcoba.
—Llama a Darwel y a sus aprendices.
Su voz fue casi un susurro pero la sierva escuchó con claridad, inclinó levemente la cabeza y salió en busca de los tres hombres.
Era una tarea sencilla saber dónde estaban, al rededor suyo siempre había muerte y sangre, probablemente Darwel ya se encontrara junto a la reina, él tenía una conexión tan fuerte con ella que sabía exactamente cuando lo necesitaba, pero los otros dos, podrían estar jugando a arrancarse los ojos, los novatos eran muy parecidos a niños.
