Sabía que él acabaría con mi vida, mi mera presencia lo ameritaba.
Y quizá, después de todo, no mereciera más que eso; había buscado mi propia muerte al conocerle.
Todos nos guiamos por nuestros deseos más internos, y sabía que su único deseo era b...
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Me escabullí de la gente y logré entrar al gimnasio, todo con tal de no ir mojada y enfermarme, las opiniones del resto no me importaban en lo absoluto. Si, iba mojada y llena de barro, ¿y qué? Un mal día lo podía tener cualquiera, el dinero no puede evitar que te ocurran desastres como este. En mi taquilla del gimnasio solo tenía unas mayas negras y un top deportivo gris. Perfecto, ¿en qué momento había decidido que era buena idea? Oh, claro. Cuando el profesor me había amenazado con que si utilizaba otro vestuario que no fuera el proporcionado por el centro, me suspendería. Y yo muy fiel a mis palabras, le obedecí para no suspender.
Así que, con aquellas mayas que remarcaban cada centímetro de mi cuerpo, y aquel top que mostraba parte de mis escasos atributos femeninos, y mi abrigo cubriendo todo aquello, me dirigí a clase. Afortunadamente, había tardado unos pocos minutos en realizar todo aquello y pude llegar a clase justo a tiempo. Era el segundo trimestre, faltaba uno más y me graduaría, y aún no tenía ni la más remota idea de que hacer con mi vida. Obvio seguiría trabajando, cuidando de mi padre pero... ¿Y cuando todo aquello terminase?
La clase de filosofía no me ayudó en lo absoluto a dejar atrás aquellos negativos pensamientos. De hecho, todo empeoró cuando el profesor decidió hacer un trabajo por parejas. Yo no tenía pareja, estaba siempre sentada al final de la clase reteniendo las palabras de los profesores o simplemente admirando el lago que se podía ver desde la ventana.
Cuando era pequeña mi padre, mi hermano y yo íbamos allí a pescar, luego lo llevábamos a casa y mi madre se encargaba de limpiar el pescado y cocinarlo. Rutina de los domingos. Pero al parecer, mi madre y los peces nos abandonaron al mismo tiempo, ya que estos terminaron por desaparecer. -Señorita Just, ¿no tiene pareja, cierto? Señorito Kest, sientese junto a ella. --Dijo el profesor y yo maldecí por lo bajo, no era de buen gusto tener que trabajar junto a alguien a quien no conocías. Pero de igual manera, él nunca se juntaba con nadie, le consideraban alguien poco sociable.
Si, tenían razón. Cuando se sentó junto a mí y pude percibir que la inseguridad se apoderaba de mí, no, esto no acabaría bien. Pensé por unos segundos en escapar, tenía dos opciones, o me tiraba por la ventana, desde un tercer piso, o me levantaba y salía corriendo por la puerta cual loca. Bien, no me importaba si pensaban eso, mi instinto decía corre y estaba plenamente dispuesta a obedecerle. Me levanté, pero antes de que pudiera irme, su gélida mano sujetó delicadamente mi brazo, como si fuera el tesoro más delicado. Me armé de valor y le miré fijamente a los ojos. Eran verdes, hasta tal punto, que juraría ver un frondoso bosque en su mirada. Algo impenetrable. Sonrió forzadamente y después de unos segundos de estar en esa postura, habló.
-Es un placer hacer este trabajo contigo, Just. Me llamó Kyle.-Se presentó. Ay, por los dioses. Su voz era melodía para mis oídos, la más dulce que había escuchado, que duda cabe.
--Me llamó Elena, un placer.
Inevitablemente -ya que mi plan se había visto interrumpido- volví a sentarme y durante media hora me vi obligada a escuchar como el profesor hablaba sobre el trabajo, pero con Kyle a mi lado era algo difícil, pero a la vez más que divertido. Analizaba cada gesto, cada mueca. Incluso cuando abrió la ventana -con el frío helando mis huesos- él pareció notar un leve escalofrío en mi cuerpo porque, segundos más tarde, había puesto su chaqueta sobre mis piernas. Sabía que mucha gente podía aguantar el frío con facilidad, pero en esta ciudad, al norte de Teswest, era algo insoportable. Yo nunca había sido friolera, pero desde luego no aguantaba tanto como él. Disimuladamente, me permití disfrutar del dulce aroma que desprendía su chaqueta. Era algo dulce, pero a la vez ácido; me gustaba. Si, definitivamente me gustaba como olía.
Ese día estuve más distraída de lo normal, incluso cuando en el bingo las señoras me hablaban sobre que me presentarían a sus hijos o nietos de mi edad.
-Guapa, mi nieto esta semana viene a la ciudad, es un chico muy guapo, estoy segura de que estará encantado de conocerte. -Me dijo la señora Tember, frecuentaba el local a diario. Pero mi mente estaba puesta en un chico algo conocido para mí. Kyle estaba allí.
Quería acercarme. ¿Y si era una asesino y venía a matarte? Me daba en ese momento igual, quería ir y comprobar que hacía él en un bingo a las siete de la tarde --aunque ya había anochecido --y no con sus amigos en cualquier sitio. Aunque, a decir verdad, nunca le había visto con nadie. -...Entonces, ¿te viene bien que después de trabajar te venga a buscar mañana?
Asentí y prácticamente corrí hacia Kyle, quien estaba sentado en una pequeña mesa circular en el fondo del local. - Buenas tardes.-Me saludó, creía que no me había visto. Su mirada se había mantenido fija todo el tiempo en sus manos, las cuales sobre la mesa jugaban entre sí.
- ¿Estás dejando de fumar? -Pregunté, vaya. Había sido muy directa.
-¿Por qué lo dices, Elena?
- Tus manos -señalé y él las detuvo en ese mismo instante. - Estabas jugando con ellas, nervioso, posiblemente conteniendo las ganas de fumar.
-Vaya, eres muy observadora. Pero no, Sherlock. No fumo, ¿y tú?
- No, en lo absoluto, odio el tabaco y cualquier otro tipo de drogas.
¡No le des información sobre ti, ingenua!
-¿Y a qué has venido? -solté.
Él río levemente antes de contestar.
- Creo que no a todos tus clientes les contestas así, ¿cierto? -Comentó mirando a la mesa de la señora Tember.
¿Cómo podía haberlo oído? Habían unos cuatro metros de distancia, y no habíamos hablado alto. Me giré y me encontré a la señora Tember, quien gritó algo de una cita... Oh, diablos.