Pasaban los días.
Días en los cuales ninguno de los dos daba su brazo a torcer. Él se encerraba la mayor parte del tiempo en su habitación, y mientras yo veía la televisión o realizaba algunas labores como fregar, ya que sabía que era la única que ensuciaba la vajilla. Sin embargo, él había seguido cocinando para mí, y sino fuera porque la vida me había enseñado a no malgastar, ni aunque no lo pagues tú, habría tirado su comida a la basura y me habría hecho yo algo. Era puro orgullo lo que sentía.
—Buenas. —Dijo, adentrándose en la cocina. Estaba realizando la ya mencionada labor doméstica. No le respondí, seguía con lo mío, que me distraía lo suficiente como para no girarme y mirarle.— ¿Cuánto tiempo vas a seguir con la regla de silencio?
¿Cuándo piensas disculparte? Quería gritarselo. Pero al parecer, el no hablarle le había incomodado y yo estaba bien con eso. Más incómoda me sentía yo, sin lugar a dudas.
—Bien. —Bramó minutos más tarde y pude oír sus fuertes pisadas resonar por toda la mansión. No me importaba en lo absoluto que estuviera enfadado, que se las apañara el solito para dejar de estarlo.
Horas más tarde, sonó el timbre. Un mal presentimiento hizo meya en mí, no quería descubrir quien se encontraba tras esa puerta. Kyle se me adelantó, por supuesto. Él al parecer ya había previsto su llegada.
—No te separes de mí —murmuró— mantente sujeta a mi espalda en todo momento, si debemos huir, será más sencillo.
Aunque el orgullo y el enfado seguían latentes, era imposible no obedecerle cuando se preocupaba por mi vida. Me aferré a su espalda y esperé pacientemte a que abriera la puerta.
Una melena rubia, casi blanca, fue lo primero que vi. Poco antes de descubrir que era la ex novia de la cual huíamos, la cual quería matarme.
Genial. Pensé.
— Hola, cariño. —Le saludó antes de entrar en la mansión. ¿Por qué Kyle no se lo impedía?
—Te dije que no quería volver a verte.—Bufó. Bueno, eso me sonaba más razonable.
—Bichito, después de lo que hicimos el sábado, creía que las cosas entre nosotros habían mejorado.
—Pues ya ves que no, perra. —Murmuré. Supe que me había oído cuando Kyle retrocedió unos cuantos pasos y ella avanzó dos más.
—Bonita, con la comida no se juega, así que no me toques las narices antes de que cumplas tu función, alimentarme.
— Iris, te advierto encarecidamente que no vas a tocarle un pelo, me da igual quien seas, te mataré yo mismo.
Oh, bien, Kyle. Cumple tus palabras y matala.
—Bien, Kyle. Me he cansado de este estúpido juego, si vas a defender a la comida, morirás con ella. —Amenazó.
Sentía odio, un odio irrefrenable hacia aquella arpía que amenazaba con arrebatarle la vida a aquel chico que tanto me gustaba. No lo podía permitir y si era un o él o yo, daría el primer paso sin titubear. Ella se fue y a pesar de este hecho, ambos nos mantuvimos en la misma posición, permitiendo a mi cuerpo rozar el suyo e internamente yo, estaba muriendo. La visión de alguien como Kyle es algo por lo que pagaría una y otra vez.
— ¿Estás bien? —me preguntó, alejándose un par de centímetros.
Ya empezamos.
— ¿Y tú?
Él se giró y pude ver en sus ojos que no estaba de humor para mis tonterías. Tenía que empezar a ser menos orgullosa y centrarme en lo que estaba por venir antes de que fuera tarde para hacerlo.
— Si, estoy bien Kyle. Gracias.—Le respondí.
— Lo mejor será que evitemos cualquier tipo de contacto con ella, ya sabe dónde estamos, te ha rastreado. Y no nos dejará en paz a no ser que...
— ¿A no ser qué, Kyle? ¿Qué beba mi sangre?
— Le parece un juego porque te defiendo, Elena. Si nos alejaramos
quizá te dejaría en paz.
— Bien, llévame a mi casa y vete a la mierda.
Me giré y comencé a caminar hacia las escaleras con la única intención de rehacer mi maleta y alejarme de quien acababa de matarme psicológicamente.
¡Ya no quería ni verme! Vaya excusa, salvarme. Idiota, hipócrita...
— Elena. —espetó cuando apareció ante mí. Retrocedí unos cuantos pasos, no quería ni saber como había aparecido ante mí. — He dicho que es lo mejor, no que esté dispuesto a ello.
— ¿Qué vamos a hacer, Kyle?—Susurré. El vaivén de emociones evitaba que pensara con claridad, aunque esa no era mi principal distracción. Sin lugar a dudas, me distraía más el ver su rostro, completamente demacrado.
— ¿Cuanto tiempo llevas sin alimentarte, Kyle? —Pregunté. Evitaba por completo el mencionar la sangre.
— No importa, Elena. Hay cosas más importantes.
— No voy a permitir que no te alimentes por mí. Prometeme que lo harás.
Él rodó los ojos y extendió su brazo derecho, con su suave y aterciopelada mano acarició casa centímetro de mi rostro, deteniéndose principalmente en mis labios. El tacto de Kyle tenía un efecto antinatural en mí, pues el recorrido de mi sangre se detenía por completo y mi respiración cesaba.
Pasó uno de sus largos dedos por mi labio inferior y mordió el suyo. Estaba provocandome y todo aquello me llevaba al éxtasis. Se acercó más a mí, pegando nuestras frentes. Lo único que se podía escuchar era mi desenfrenado corazón latir sin miedo, demostrando lo que causaba la situación en mí. Sus ojos recorrían mi rostro, devorandome con la mirada.
Pero no temía esa mirada. Desde luego que no, y menos cuando en ella podía apreciar la dulzura de sus caricias, de sus miradas. En ese momento comprendí que el amor que sentía por él, era recíproco.
Y nada me hacía más feliz. Sus labios rozaron los míos en un suave y delicado movimiento, sin llegar a profundizar más allá. Pero yo quería eso, llegar mucho más lejos de un simple roce. Quería todo con Kyle Kest.
Estaba inevitablemente enamorada de él.
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Dulce asesino
VampirSabía que él acabaría con mi vida, mi mera presencia lo ameritaba. Y quizá, después de todo, no mereciera más que eso; había buscado mi propia muerte al conocerle. Todos nos guiamos por nuestros deseos más internos, y sabía que su único deseo era b...
