Él no es humano.

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Algo que no me molestó en lo absoluto fue que al llegar a clase, él se sentara a mí lado en vez de en su sitio

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Algo que no me molestó en lo absoluto fue que al llegar a clase, él se sentara a mí lado en vez de en su sitio. Tampoco me molestó cuando repitió su acción y abrió la ventana, cambiándome el sitio para que la llovizna cayera sobre él, pero algo que destacó sobre el resto fue cuando puso su chaqueta sobre mis piernas como el día anterior. Su aroma había cambiado, se había vuelto algo más ácido, pero me agradaba.
En si, parecía que todo lo que rondaba a Kyle me gustaba.

—Señorita Just, ¿me está escuchando? —Preguntó alterado el profesor de economía y yo, algo arrepentida, negué con la cabeza.-Bien, fuera de mi clase.

— No, profesor, yo...

—Fuera he dicho. —Me interrumpió. Maldita sea, no había ocurrido esto nunca. Me levanté algo dubitativa bajo la atenta mirada de mis compañeros y tras coger mi abrigo salí de la dichosa clase. No me iba a molestar en coger mi mochila, después me tocaba en la misma clase y era un peso extra.

Kyle era una distracción, una muy grande definitivamente.
Tenía cuarenta minutos por delante y no tenía absolutamente nada que hacer, por lo que decidí que tal vez, podría ir al lago.

Y eso hice.

Me dio igual que estuviera lloviendo, o que yo no llevara paraguas, me dejé guiar en todo momento por mi instinto y me dirigí al lago.

Seguía tal y como lo recordaba, los árboles verdes lo rodeaban, podía sentir el crujido de algunas de ellas a pesar de que era invierno y no otoño.

La brisa era algo refrescante, todo ello me traía recuerdos pero al mismo tiempo todo era completamente diferente, no se podía ver ningún movimiento en el agua, ya que todos los seres vivos que la habitaban habían desaparecido con el paso del tiempo. La muerte de mi madre había arrasado todo a su paso.

Había cambiado todo.

La recordaba como una mujer fuerte, muy fiel a sus valores, no se dejaba guiar por opiniones de nadie, ella sabía que si quería hacer algo, sería lo correcto. Ella me enseñó que aprendes a levantarte tú mismo a base de caídas.
Mi madre cuando vivía fue un gran referente para mí y actualmente lo seguía siendo.

Observé el lago, permitiéndome recordar los domingos que pasé aquí con parte de mi familia, cuando yo estaba apunto de caer al lago ya que siempre fui una niña muy curiosa y mi hermano me sostenía a tiempo.
Mi madre unía a mi familia y sin ella, todo se destruyó.

Me vi obligada a adoptar un papel que no me pertenecía, a ser la madre, y poco después, a ser el padre también. Mi hermano, aunque tuviera un año más que yo no estaba preparado psicológicamente para ello.
Suspiré pesadamente, echaba de menos mi vida.

—Te echo de menos, mamá. —Susurré, sabía que no podía oírme, pero simplemente dejé que mis palabras fueran guiadas por el viento.

Seguía lloviendo, y el sonido que hacía las minúsculas gotas de agua al caer sobre el lago era estridente. Sin embargo, pude percibir perfectamente un ruido al otro lado.
Mi cuerpo se tensó e inmediatamente quise descubrir que se escondía al otro lago, pero todo ello concluyó cuando un grito femenino llegó a mis oídos.
¿Qué estaba pasando? Si quería llegar, debía de rodear el lago y no llegaría a tiempo, porque desde luego cruzarlo nadando no era una opción.

Entonces, de entre los arbustos, se asomó un rostro y solté un grito ahogado. Era sumamente pálido, y su rostro estaba completamente desencajado. Retrocedí unos pasos.
Una sonrisa se implantó en su rostro.

Era la hora de salir corriendo.

Y eso hice, como pude atravesé los árboles, surcando las piedras y algunas ramas que intentaban hacerme caer, pero con la adrenalina en mi cuerpo, eso no sucedió. Aún así, no me sentí agusto hasta que llegué al instituto, algo agitada.

Para ese entonces había sonado el timbre que indicaba el cambio de clases y los alumnos caminaban tranquilamente por los pasillos, riendo entre ellos y conversando.
Pero yo no estaba tranquila, iba a necesitar mucho tiempo para olvidar esto. Entré rápidamente al baño de chicas, dispuesta a arreglar el desastre que era mi rojo cabello. Si bien esta mañana me había esforzado en hacerme una coleta, de esta ya no quedaba absolutamente nada. Como pude peiné mi pelo con mis dedos y lavé mi cara con agua fría.

Si, eso tenía que bastar.

Suspiré, rezaba porque aquello hubiera sido real y no un producto de imaginación que indicaría que me había vuelto muy, pero que muy, loca.
Pero sabía que aquel desgarrador grito no había formado parte de mi mente. Suspiré pesadamente, aquel grito nunca se borraría de mi mente, ni aquel rostro desencajado que segundos después recuperaba su forma natural, dejandome ver un rostro tan pálido como el mío. Solo que a diferencia de mí, él no parecía humano.

Caminé lentamente hacia mi clase, donde se encontraba ya el profesor de filosofía. Kyle no se había movido de su sitio, parecía una estatua, sino fuera porque nuevamente jugaba con sus manos.

Me senté junto a él, no me atrevía a mirar por la ventana y ver el lago. Estaba la ventana abierta, ¿habían oído el grito? No estaba tan lejos, pero todos estaban tan tranquilos que esto no parecía factible.

Miré a Kyle de reojo, él mantenía su mirada en sus manos. Estaba segura de que escondía algo.

— ¿Estás bien? —Preguntó, di un pequeño salto en la silla debido al susto que me había dado- Vaya, eres muy asustadiza.

— Si, si estoy bien. Algo confusa.

Él me miró fijamente y entrecerró los ojos. Podía jurar que en ese momento el tiempo se detuvo, porque su mirada era tan sumamente intensa y penetrante que me mantuve inmóvil hasta que la retiró.

—No debiste ir allí. —Susurró él.

Tenía ganas de gritar y preguntarle que si él lo había oído, que si sabía que había ocurrido allí.

Pero no era lo suficientemente valiente como para encararle.

Nunca lo sería.

Dulce asesinoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora