Sabía que él acabaría con mi vida, mi mera presencia lo ameritaba.
Y quizá, después de todo, no mereciera más que eso; había buscado mi propia muerte al conocerle.
Todos nos guiamos por nuestros deseos más internos, y sabía que su único deseo era b...
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Aquel sábado fue el primero en seis años que amanecí con una gran sonrisa en mi rostro.
Estaba feliz, aunque no conocía el motivo de ello. Y en el hipotético caso de que lo conociera, me negaba a aceptarlo. Eran las nueve de la mañana pero sabía que sería incapaz de dormir más, así que tras una breve ducha y ponerme ropa limpia fui a saludar a mi padre antes de ir a trabajar.
— Buenos días. —Le saludé, él solo levantó su mano y siseo. Observé que sobre su regazo había un par de libros y en su mano derecha se encontraba otro. Me acerqué y se lo arrebaté cuidadosamente.
— Eh, ¿qué haces? Déjame leer. —Protestó él y puso morritos, ante lo cual no pude evitar soltar una gran carcajada.— Oh, estás contenta, ¿es por el pelinegro?
— Se llama Kyle, papá.
— Así que si, estás así por él, hay cientos de chicos con ese color de pelo.
Rodé los ojos y le saqué la lengua.
— Hay una amiga que quiere conocerte. —Le comenté mientras me sentaba junto a él en la cama.
— Por mí perfecto, mi niña, sabes que puedes traer a casa a quien y cuando quieras.
Asentí y le besé la frente antes de devolverle el libro e ir a desayunar y arreglarme. Pensaba llevar después de trabajar a Leila a mi casa, ya que nunca estaba de más ayudar a que mi padre tuviera un poco más de vida social, la cual se resumía en su cuidadora y en mí.
Hoy no llovía. De hecho, el cielo estaba completamente despejado y eso en esta ciudad era algo inusual, por lo que durante el trayecto a la cafetería me permití disfrutar de los niños corriendo por las calles, jugando, mientras eran vigilados por sus padres.
Me parecía una escena preciosa, me hubiera gustado tener una cámara y fotografiarles pero habría sido algo espeluznante para ellos y a parte, mi móvil tenía una ridícula calidad de cámara.
— ¡Torpe! —Gritaron mis compañeros al verme segundos antes de abalanzarse sobre mí.
— Tranquilos, chicos. No hace falta que lloren más por mí.
Ellos rieron y yo me uní a ellos, me sentía bien, agusto y sobre todo, sentía que estaba donde debía estar. Pronto la cafetería se llenó de gente, desde que el jefe —el cual hacía acto de presencia una vez al mes— decidió que los fines de semana los camareros teníamos una temática completamente diferente al del fin de semana anterior, los sábados y domingos se habían vuelto una locura.
Pero en especial, aquel día no me importó tener que ponerme una gorra de mario bros ni un minuscúlo vestido que la acompañaba. No, realmente todo me resultaba indiferente.
Pero, alguien que no me resultaba en lo absoluto indiferente, apareció en el local. Erick a mi lado me dio un codazo para que dejara de admirar a Kyle y siguiera con mi trabajo.
— O dejas de mirarle o va a pedir una orden de alejamiento preciosa.—Susurró.
— Es mi compañero en clase, Erick.
— Creeme, en mi instituto no hay compañeros como él, ¿estáis juntos?
— No —dije riendome— nos llevamos medianamente bien y eso.
Él río y negó con la cabeza.
— Y eso —repitió—no seas tan lenta, Elena —susurró— no tienes nada que perder.
Le miré y entrecerré los ojos. Parecía que hoy todo el mundo se había levantado con ganas de buscarme novio, cuando yo no quería uno.
Me dio la libreta que había dejado sobre la barra y un bolígrafo. Me gustó un ojo y rodé los ojos, este rubio era un autentico dolor de cabeza. Inmediatamente me dirigí hacía la mesa sin dudarlo ni un segundo, al fin y al cabo, no podía darme vergüenza atenderle. Me miró de arriba abajo y sonrió — ¿Qué es tan gracioso? —Pregunté algo incomoda.
— Si tengo la oportunidad de verte intentando recrear personajes de juegos, pienso venir todos los fines de semana aquí. —Respondió. Fue inevitable que mis mejillas se tiñeran de un tono algo rojizo, combinando con mi pelo.
— Si, claro. —respondí— ¿Qué vas a tomar?
— Un capuccino y un muffin, por favor. Que sea de chocolate y vainilla.
Asentí y apunté lo que había pedido en la libreta, para después dejarle en pedido a la chica que hoy se encargaba del desayuno.
— Te llaman. —Susurró ella y miró detrás de mí, por lo que imité su acción. Este chico era incorregible. Me permití unos segundos para analizarle meticulosamente, no entendía por qué, después de tanto tiempo, ahora quería conocerme, o por lo menos eso aparentaba. Su pelo negro se mantenía despeinado, pero no de esa forma que te hace pensar que no se peina, no. Despeinado a la perfección, como si cada cabello supiera cual era su lugar.
Me acerqué a él, sin dejar de pensar en que Kyle definitivamente parecía un Dios.
— ¿Tienes algo que hacer? —Preguntó, me había pillado por sorpresa.
— ¿Trabajar? —Le respondí. Él rodó los ojos y negó con la cabeza, mientras una preciosa sonrisa se tatuaba en su rostro.
— Digo después, tonta. Había pensado que aprovechando el día podríamos ir de picnic.
— ¿Por qué, Kyle? —pregunté— ¿Por qué ahora y no hace tres años cuando nos conocimos?
No sabía ni yo de donde había salido el valor para preguntárselo, pero era una duda que exigía ser resuelta.
— Creeme que a mí también me gustaría saberlo, Elena.
— Me gusta ir de picnic. —Le respondí y él sonrió victorioso. Volvió a su mesa y esperó pacientemente a que terminara mi turno.
Algo que llamó mi atención es que no probó el muffin, y que del café había dado un único sorbo. Pero decidí no hacer preguntas que pudieran llevarle a pensar que me estaba obsesionando con él.