CAPÍTULO 28-.

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Una vez solo, me tumbo en la camilla otra vez y me da un pinchazo en el costado, es verdad, casi olvidaba la herida que tenía en el costado. Me levanto el dobladillo de la camiseta y sigo la venda hasta que llego a un trozo que está manchado de una sustancia amarillenta, antiséptico supongo. Me levanto la venda con cuidado y ahí está, dispuesta a joderme con cualquier movimiento que haga. No ha cambiado mucho en comparación de cómo estaba ayer, solo está algo más amarillenta.

Gracias a los calmantes no me duele tanto, lo que de verdad me duele es saber que cuando llegue a mi habitación no estará, ya no lo encontraré tumbado en la cama quejándose por mil cosas que no tienen sentido. El efecto de las drogas hace que no sienta todo lo que debería y temo lo que pasará cuando ya no las necesite.

Nunca más voy a poder disfrutar de sus risas y de sus estupideces. No quiero volver a esa habitación, ya no le veo sentido si no está él allí.

Un agujero se apoderó de mi corazón en cuanto vi su cuerpo en el suelo, sus labios violáceos y sin vida contrastando con el rojo oscuro de la sangre. No puedo creer cómo se había podido ir, cómo de un día para otro ya no está conmigo, ya no había nadie, las dos únicas personas que de verdad había querido en este campus ya no estaban.

¿Qué voy a hacer ahora? ¡¿Por qué coño me han dejado aquí solo?! No puede ser real. Intento borrarme esos ojos perdidos que miraban a la nada, ese instante en el que vi su vida saliendo de él dejándolo como si fuese una simple marioneta desechada por su amo, ese momento en el descubrí la identidad del espectro, deseo poder olvidarlo absolutamente todo y ser otra persona, alguien nuevo, alguien que pase desapercibido, por primera vez quiero ser nadie, alguien que no influyera en nada, solo un término medio.

Decido que el estar en esta clase de habitaciones me agobia, necesito algo de aire. Cojo mi chaqueta y mi móvil y salgo al pasillo. Atravieso el interminable pasillo y franqueo la sala de espera hasta llegar a la salida, la recepcionista intenta pararme pero no le escucho, hago caso omiso del dolor de la herida a cada paso y continúo hacia delante.

Nada más salir la fuerte luz solar impacta de lleno contra mis ojos y me veo en la obligación de cerrarlos hasta que consigo acostumbrarme a dicha luminosidad.

Al parecer ya todo el mundo se ha enterado de lo sucedido, de lo que le pasó a él.

Se respira un ambiente denso, la gente va de negro, algunos por respeto y otros por quedar bien. Cuando paso por sus lados quien más y quien menos se vuelve y me mira, supongo que aquí todo el mundo sabía que yo era el que más se juntaba con él.

— Dejad de mirarme ya, no soy un mono de feria — Pienso a la vez que algunas miradas tímidas se posan sobre mí.

Algunos más descarados y otros disimuladamente pero a mí no me importa, no quiero que me importe. Eso sí, nadie quiere preguntarme y lo agradezco. ¿Qué me iban a preguntar? ¿Qué cómo estoy? Creo que la respuesta está más que clara.

Una vez llego al edificio subo las escaleras, a medida que subo se me va haciendo un nudo en el estómago y cuanto más subo más se me va quitando la figura de chico duro y acabo derrumbándome antes de llegar, entro en la habitación y cierro corriendo la puerta, me apoyo en la puerta y lo dejo salir todo, no me importa, nadie me puede ver y por una vez hubiese deseado con todas mis almas que me viese, que él estuviese aquí para ver cómo estoy, para comprobar lo jodidamente mal que estoy porque él no esté conmigo en este preciso instante, consolándome como debía haber sido.

La sociedad siempre te enseña que los hombres nunca lloran y no es así, no es nada parecido. Es al revés, queremos hacernos los fuertes cuando simplemente estamos demostrando lo débiles que somos al no querer que nadie sepa cómo nos sentimos, pero eso ahora da igual. El orgullo es la menor de mis preocupaciones en este instante.

Lo Invisible LI#1Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora