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En este momento no tengo control de mí misma. Apenas me doy cuenta cuando comienzo a correr, sin escuchar los gritos de Ralph y Fettura que me llaman a mis espaldas.

El único objeto de mi atención es el Homo con un globo terráqueo tatuado en la nuca.

Siento que vuelo entre los árboles, y por más que este Homo corra, no le será suficiente. Sus demás acompañantes gritan de terror, y justo cuando les doy alcance, están introduciéndose en una de esas esferas que seguramente los transportarán al Muro. Pero el del tatuaje no corre tal suerte.

Los cobardes Homo cierran la puerta dejando al infeliz fuera. No me importa como grita y llora. De una mordida desgarro su cuello y dejo expuestas sus entrañas, mis uñas las despedazan sin control. Pero me aseguro de que esté vivo, pues así puedo introducir mis dedos en sus ojos.

Solo cuando lo he dejado ciego y gimiendo en el piso, ya con las últimas convulsiones, me digno a darle un golpe final en la nuca. Al incorporarme, noto que los demás Homo, siguen en el vehículo mirando aterrados el espectáculo que les acabo de dar. ¿Por qué no se han ido? Seguramente para poder recoger el cuerpo después.

Con descaro, tomo el cuerpo mutilado del Homo que está a mis pies, y lo lanzo a la ventanilla del móvil, salpicándolo de sangre y haciendo que algunos pasajeros se desmayen o vomiten.

Cuando me doy la vuelta para irme, me doy cuenta de que presa de la ira, me he olvidado de utilizar mi cuchillo.

En el campamento, Richard le ha preparado a Aureum un lecho en una tienda de campaña que los Homo dejaron abandonada. Velkan ayudó a armarla y Fettura estaba cuidando de él.

Perdimos a Loyola y a Zeeb. Ni siquiera me di cuenta de que no había regresado con nosotros del matadero.

Orfilia está destrozada y Richard está recargado en un árbol, con la mirada perdida.

Los Lepidoptera han salido de su escondite y están ayudando a curar a los heridos. William y Azael me miran a la distancia. No veo a Albrecht por ningún lado.

Con Aureum en cama y todos los Canis Lupus reunidos fuera, las cosas parecen bastante tensas. Yo daría todo por estar ahí dentro, pero mientras pueda dormir y no darse cuenta del terrible destino al que ha sido condenado por ese maldito Homo, es mejor que descanse.

Arranco mi cuchillo del cadáver de Cecilia, que después es arrastrado por unos Panthera.

-Comida es comida- escucho decir a uno.

Intento centrar mi mente en el daño que hice a ese grupo de Homo hoy.

Sin embargo, es imposible ignorar lo inevitable: Aureum ha perdido sus ojos, esos bellísimos ojos dorados que contemplaban el sol como si fuera lo mejor que hubiera en el mundo se han ido para siempre. Nunca podrá mirar el sol de nuevo, está condenado a la oscuridad.

Mis ojos están empañados en lágrimas y de las comisuras de mis labios escurre aún la sangre del Homo que he matado tan salvajemente. De lo único de lo que me arrepiento es de haberlo podido aniquilar solo una vez. Lo haría cada día si así fuera necesario. Su ataque fue totalmente estudiado y meditado para hacerme daño. ¡¿Por qué no me cegó a mí?! ¡Mis ojos no valen ni la mitad que los de Aureum! Debería ser yo la que estuviera ciega en esa tienda, y él debería tener todavía sus ojos intactos y estar fuera totalmente sano.

Todo esto es mi culpa. Debí seguir las reglas de los Lepidoptera, nada de esto hubiera pasado si no fuera por mí.

"Nunca hubieras conocido a Aureum si hubieras seguido las reglas" dice una pequeña voz en mi mente, "Quizá" respondo, "Pero estaría mejor sin mí, mira lo que le ha pasado, todo por haberme conocido".

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