Capítulo 2.

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Con la mirada clavada en sus pies, y la mente perdida en su agenda diaria, Lucía caminó distraída por el patio sin ningún rumbo fijo. Estaba sola y realmente no le importaba, aunque si la hería un poco. Pero estaba acostumbrada a los desplantes y escenitas de Ana. O eso se decía ella. Lo cierto, era que muchas veces quería alejarse. Su relación se había desgastado lo indecible desde hace un año hasta la fecha. Y sentía que era momento de cortar lazos y seguir con su vida. Ana la atrasaba constantemente, y varias veces le lastimaba la estima. Pensaba e intuía que ese era el final, y desde un día cualquiera perdería el contacto y mantendrían una charla amable y educada cuando se encontraran en el patio o en la calle.

La situación la deprimía bastante, pero era algo normal. Estaba un poco acostumbrada a que los amigos fueran visitas de paso, y que levantaran campamento y se fueran sin mirar atrás. Y eso dolía; ser la parte afectada que veía la espalda de la otra persona mientras caminaba a un nuevo destino. La que se quedaba atrás, a la que dejaban atrás. Y por esta vez, ahora quería ser ella la que dejaba, antes de que la dejaran. Sonaba un poco cruel. Y pensaba que lo era. Pero no quería sufrir más. Estaba harta hasta decir basta de ser la tonta.

Volviendo a tierra, se frenó en seco cuando su estómago empezó a gruñir desesperado por comida. Por lo tanto, empezó a hacer cola en la fila donde vendían comida.

Una espalda ancha proveniente de un chico alto que reconocía como Federico se paró enfrente de ella. Recordó el episodio de hoy a la primera hora y se le estrujó un poco el corazón. Tal vez no era malo, quizás solo sus temperamentos no congeniaban.

Respiró hondo y empezó a hurgar en su mochila buscando los apuntes de la clase de su padre. Sin querer, mientras maniobraba con el bolso, la carpeta y la campera, le dio un codazo en la espalda con lo cual Federico se dio vuelta irritado y dirigió la mirada hacía la pequeña rubia que la miraba asustada. Y con expresión avergonzada.

Lucía se hizo pequeñita, aún más de lo que era, cuando ese temible Goliat con expresión dura, clavó la mirada más helada que había visto en su vida en ella. Esto la irritó en sobremanera.

Le tendió los apuntes con una pequeña sonrisa y tragándose las ganas de decirle donde podía guardar la mirada que le estaba dirigiendo. Pero era su buena acción del día, y él no la iba a arruinar.

- Son los apuntes, y la tarea para mañana de la clase de tu padre. Solo pensé que la necesitabas. – Federico mantuvo la mirada en ella, e hizo un gesto irónico.

Con que la rubiecita chillona y fastidiosa estaba tratando de ser amable. Sin poder evitarlo, sonrió irónicamente y tiró del hilo.

- Soy el hijo del profesor, ¿Recuerdas, no? Le puedo pedir la tarea. – Lucía bajó la vista avergonzada y con una mirada irritada la volvió a levantar. Federico sonrió aún más.

Lo cierto es que su padre no le iba a dar las tareas ni aunque lo torturara con poner heavy metal veinticuatro horas seguidas en la casa. Se encogió de hombros.

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