Gustavo vio como su hijo entraba a la casa con una sonrisa de punta a punta, frunció el ceño confundido.
-¿Pasó algo bueno, muchacho?
- Eso depende del punto de vista de la persona, supongo. – El hombre rodó los ojos, siempre solía decir todas esas estupideces filosóficas.
- ¿Qué sucedió? ¡Dímelo de una vez, chico! – Federico lo miró a los ojos con una expresión entre burlesca y nerviosa.
- El tío Pedro volvió. Y existen varias posibilidades de que sea permanente.
Gustavo asintió enojado y miró hacía la ventana desde donde se podía ver el patio. Iba a venir su jodidamente perfecto hermano, con su jodidamente perfecta vida.
¿Y que tenía el? Una esposa alcohólica que lo odiaba con cada fibra de su ser,cuando estaba lo suficientemente sobria como para reconocerlo. Y un hijo rebelde que quería escribir poemas mientras se moría de hambre. Su vida era una mierda.
Había dejado todo por su esposa, entonces casi novia, cuando quedó embarazada. El deseaba estudiar medicina pero tuvo que conformarse con un simple título de profesor de Biología. Se había matado trabajando horas extras en varios colegios para que, a su reciente esposa, no le faltara nada de nada. El estaba consciente de que ese embarazo llegaba en mal momento, Analia quería ser abogada. Y una muy buena. Pero tuvo que dejarlo todo por el niño.
Cuando Federico nació, todo se fue por el retrete. Aunque no sabía exactamente en que momento ocurrió. El empezó a trabajar en la mañana, en la tarde y preparaba alumnos por las noches cuando iban a ingresar a la universidad. Se había granjeado la etiqueta de ser absolutamente estricto, pero muy buen profesor con una categoría de enseñanza muy elevada; ya casi nunca estaba en su casa, solía llegar pasadas las 10 de la noche, cuando su familia ya estaba dormida. Calentaba su comida y luego saludaba a su hijo con un beso y se dormía.
Pero la bomba inició su cuenta-atrás el día que fueron a una fiesta de casamiento de un ex compañero. Amelia bebió de más, aunque trataba de disimularlo y Federico no le dio importancia. De hecho lo consideró normal; se habían casado a los diecinueve años y ella merecía disfrutar de su juventud.
Pero a medida que pasaba el tiempo, el dinero que le entregaba no le bastaba. Necesitaba más. Lo consideró lógico, los precios subían.
Hasta que un día lo llamaron por teléfono al colegio; habían encontrado a su esposa herida en su casa. Su hijo efectuó la llamada como le enseñó el. Corrió hasta el hospital y allí estaba esa maldita escena de ese fatídico día.
Su hermano abrazaba su niño de cinco años mientras lo mecía y consolaba. Podía oír todavía sus gimoteos; estaba aterrorizado. Y el no había hecho nada, de hecho ni siquiera estaba su lado en el diario vivir. Su mujer le solía comentar que pedía que lo llevase con su tío para jugar con el.
Esa misma tarde descubrió que era mentira; su mujer era alcohólica. Mentía para quedarse sola y beber hasta caer inconsciente. Lo supo en boca de su hermano que ya había notado varios indicios de esto que, por supuesto, el ignoraba porque estaba demasiado ocupado tratando de darles el mundo.
Pero, no era el mundo que ellos querían.
Finalmente, el accidente no había pasado a mayores. Ese día Pedro no podía quedarse con el niño porque necesitaba viajar, por lo tanto Amelia tuvo que quedarse con la criatura. Le puso la tele mientras ella subía a tomar algo a la habitación, pero cometió el error de bajar las escaleras en ese estado y rodó por ellas.
Perdiendo a su segundo hijo.
Esto la había destrozado aún más. Y todo se arruinó; ya no quedaba ni un pequeño rastro del amor que antes se tenían. Había muchos rencores y cosas no perdonadas entre ellos. La vida se les puso por delante, y aunque estaban juntos no podrían haber estado más solos.
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VORÁGINE
RomanceCon un vida perfectamente normal y controlada, Lucía se sentía completamente cómoda y feliz. Pero lo que no sabía es que el destino llega en forma de Vorágine a arrasar con todo y provocando que solo las cosas buenas y firmes quedan intactas. En ca...