Lucía clavó sus ojos marrones en el hombre canoso que estaba atendiendo. Llevaba casi quince minutos, contados por reloj, decidiendo si iba a tomar un latte o un café cortado. La chica inspiró llenándose de paciencia.
- Disculpe Señor, pero tengo que atender otras meses. ¿Me podría decir que va a ordenar? – El hombre clavó sus ojos azules en ellas, y contuvo el aliento. Sus ojos eran impresionantes, y sus facciones le parecían conocidas.
- Si, señorita. Entiendo su prisa. Deme un Latte por favor. – Lucía asintió mientras escribía la orden en su libretita de cuero marrón que le había cedido el restaurant. Le pidió si deseaba algo más y el hombre la obligó a ir a atender a otras mesas y no perder el tiempo con él.
Mientras atendía a los demás clientes, se perdió en sus pensamientos. Conocía a ese hombre de algún sitio pero no podía identificar de cuál, lo que la ponía nerviosa. Se reprendió por ser tan idiota, de seguro lo había visto en la calle y de ahí lo recordaba. Pero seguía esa sensación de que había algo más por descubrir allí.
Cuando el hombre caminó hacía la puerta, la observó fijamente con curiosidad mientras se ponía su bufanda. Apartó la mirada, decidida a no ver cosas donde no las había y miró su reloj de pulsera cortesía de Nicolas por su cumpleaños número dieciséis, que ahora mismo marcaba las doce y media y el fin de su día laboral.
Pasó caminando entre las mesas mientras se desabrochaba el delantal y dejó las órdenes en el pequeño tablero a la espera de que otras camareras lo entregaran por ella y se dirigió a los vestidores a cambiarse.
Se sacó el uniforme de trabajo que consistía en un pantalón negro de vestir y una camisa blanca almidona, y luego lo colgó, junto con el delantal, en la percha de su casillero para el día de mañana.
Sacó del mismo sus jeans oscuros, la remera, campera y el bolso del colegio y antes de salir se cambió y arregló su cabello.
Después de echarle una mirada de aprobación a su vestuario y salir del sótano, donde estaba el vestuario, apagó la luz y subió lentamente al restaurant. Saludó con la mano a su jefe que le dio un asentimiento de cabeza, en señal de aceptación a su retirada, y siguió charlando con un cliente.
Pero cuando abrió la puerta del local, y el frío la golpeó cruelmente recordó los temibles que eran los inviernos en Mendoza. Prácticamente corrió a su destartalado coche mientras luchaba para que su saco no se abriera y su cuerpo se enfriara.
Por un milagro divino, el auto arrancó pese a la helada, y mientras hacía reversa puso música relajante para des estresarse del día de trabajo y entrar fresca como una lechuga al colegio.
Los violines de la pista de música clásica, le renovaron el ánimo mientras aprovechaba para pensar en lo que le escribiría a Soy Yo, como le gustaba llamarle, cuando tuviera las manos libres. Cuando llegó al estacionamiento se dio cuenta de que todavía era temprano, y faltaban aproximadamente cuarenta y cinco minutos para que el timbre sonara. Por lo tanto, buscó su bolso de la parte de atrás del coche y sacó su anotador junto con una birome.
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VORÁGINE
RomanceCon un vida perfectamente normal y controlada, Lucía se sentía completamente cómoda y feliz. Pero lo que no sabía es que el destino llega en forma de Vorágine a arrasar con todo y provocando que solo las cosas buenas y firmes quedan intactas. En ca...