¿Cómo alguien puede hacer que mandes todo a la mierda sin conocerla realmente?
¿Cómo puede ser que serías capaz de arriesgar tu vida, tus sueños y tu felicidad por complacerla?
¿Cómo puede una chica conseguir convertirse en todo para sus íd...
La verdad, me gustaría llevarme bien con mi prima.
Mar es muy hija de puta, muy manipuladora y sobretodo, muy estúpida.
Cuando terminemos de comer, quiero hablar del tema con ella.
—Bueno, yo ya estoy que reviento— exagera Lucía.
—Pues, si habéis terminado, iros, ya recogeremos nosotros— ofrece amablemente María.
—No hace falta, recogemos cada uno lo nuestro y punto— impone mi hermano.
Tú nunca aprenderás a callarte, no?
—Insisto, no hay más que hablar— sentencia mi tía.
Tita te amo mucho.
—Gracias— agradecemos los cinco al unísono, a la par que nos levantamos.
—Yo he quedado— anuncia mi primo José.
—Me estás pidiendo permiso o dinero?— pregunta mi tío riéndose y el castaño le echa una mirada obvia— cuánto?
—Ciento cincuenta— anuncia dejándonos a todos boquiabiertos.
—Tú está demente?— pregunta Lucía junto con una carcajada.
—Es para los regalos de Navidad, idiota.
—Pues, con eso no te da para empezar, yo quiero un pisito en Madrid— bromea la morena.
—Ni aunque me saliese dinero por las orejas te regalaba eso— hace una pausa— aunque, ahora que lo pienso, no sé qué comprarte.
—Anda, toma y vete— dice José estendiendo tres billetes de cincuenta hacia el muchacho.
—Vienes?— le pregunta a Imanol mientras coge el dinero.
El ya nombrado asiente y ambos aparecen de la sala.
—Nosotros nos vamos arriba al minicine, vale?— dice Lucía.
Los adultos asienten y nos vamos.
Llegamos a una habitación enorme.
Esto es un flipe.
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—Puedo vivir aquí?— bromeé.
—Y todavía no has visto su dormitorio.
—Sois unos exagerados de mierda.
—En realidad, lo vi hace años, pero era tan entrañable que aún me acuerdo.
—Estábamos muy unidas.
—Lo siento— me disculpé y me miro con cara de no entender nada— por ser la puta marioneta de la estúpida de Mar.
Lucía.
La abracé con una sonrisa que no me cabía en la cara.
—Por fin has vuelto, Celia— sonrío— hemos vuelto— rectifico.
—Las bromas de las Callejas vuelven a Andalucía— suelta sonriente.
—A mi no me hagáis nada, eh— advierte Dani— que sino, los oviedo os pintamos el pelo de verde.
—Los tintes me los dejas a mí, pepino andante— vacilo.
—Pepino andante?
—Sí, lo único que tienes útil es—comienzo a decir hasta que mi prima me interrumpe.
—Vale, lo hemos pillado, no sigas.
—Soy su sumiso, sabes?
—Estás tú para que te confiesen un crimen— ironizo.
Me lanza una mirada fulminante y hago como que me mata y me dejo caer en un sofá.
—Dramática.
—Oye, nos hacemos las borrachas?— propongo con una sonrisa malévola.
—Para qué se supone que queremos hacer eso?— cuestiona Dani.
—A ti no era.
—Para qué?— se interesa esta vez Celia.
—Muy simple, se asustarán.
—Y no nos dejarán volver a salir en nuestras vidas.
—Cierto, apestaría— me quejo dándole la razón.
—En tu casa hay alguien?— pregunta la morena refiriéndose a Daniel.
—Sólo mi hermano— responde inseguro.
Yo, a decir verdad, también estoy insegura.
No sé qué pasa por esa cabecita morena.
—A Jesús le sigues gustando?— me pregunta esta vez a mí.
—Supongo— me encojo de hombros— él quería volver.
—Pues, vamos a ser crueles.
—Qué vamos a hacer?
—Algo con lo que nos vamos a reír hasta morir, Danielín.
—Cuéntalo ya, anda.
—A ver, vais a haceros los borrachos y vais a entrar a casa de Daniel en una postura comprometida, el koala, iréis hasta donde esté Jesús y pasaréis de largo procurando que os vea.
—Va a llorar como un bebé— suelto una sonora carcajada.
—A continuación, os iréis a la habitación más cercana y fingiréis gemidos. Debéis hacerlo muy bien, os conoce, así que reconocería como los fingís— hace una pausa— ah, si saltáis un poco en la cama, pues mejor.