No es tu culpa. (50)

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Lucía.

    Sentí unos finos brazos abrazarme firmemente.

    Al instante supe de quien se trataba, Julieta.

    —Va a estar bien— susurra.

    —Ha sido mi culpa.

    —No es tu culpa que le de al acelerador y no mire que hay delante de él.

    —Es mi culpa que se haya ido enfadado— suspiro— vamos al hospital, anda.

    Nos dirigimos hacia nuestras madres que estan a pocos metros de nosotras.

    Ellas parecen haberlo escuchado todo y cuando llegamos a su lado asienten.

    Nos montamos en el coche y ponemos rumbo al hospital del que procedía la ambulancia.

    Entramos y nos dirigimos a recepción.

    —Daniel Oviedo?— pregunto llorando.

    —No está aquí— dice sin mirarme.

    —Sé que está aquí, joder— me quejo.

    —Sólo familiares y amigos— reprocha— nada de fans.

    —No soy una puta fan, soy su ex cuñada y una de sus mejores amigas— informo.

    —Y yo soy campanilla— se burla.

    —Eh, con mi hija ese tonito no— replica mi madre— tiene pinta de maruja, léase el Hola de abril.

    —Pero que no—  comienza a decir hasta que es interrumpida por uno de los enfermeros que se lo llevaron en la ambulancia.

    —Ella le salvó la vida al muchacho sacándole del coche y practicándole los primeros auxilios— informa dejándola estupefacta— además, él actuaba como si la conociese.

    —Que pase— cede finalmente— pero la acompañas tú— señala al chico— por si acaso y que vaya sin más acompañantes.

    —Gracias— sonrío levemente entre lágrimas.

    —De nada.

    Sin que nadie vuelva a articular palabra el chico se dirige a un ascensor en él cual nos montamos y sube hasta la quinta planta.

    Al llegar se dirige a la UCI, hay una sala de espera antes de entrar a las habitaciones y ahí veo a Eva llorando desconsoladamente, entre Juan y Carlos.

    —Eva, lo siento— digo ganándome su atención— todo esto es culpa mía, yo no debí enfadarme y decir todo lo que dije, lo hice enfadar y está ahi por mi culpa— rompo de nuevo a llorar.

    Se acerca a mí y me abraza, lo único que puedo hacer es corresponderla y llorar en su hombro.

    —Tú no tienes la culpa de que conduzca sin carnet y sea un imprudente al volante.

    —Pero sí tengo la culpa de que estuviese furioso y eso fue lo que le hizo ponerse así.

    Se separa de mí niega con la cabeza y me quita las lágrimas que corren por mis mejillas.

    —Tú le salvaste la vida— dice esta vez Juan— ciertamente, hiciste que ahora mismo esté aquí, no llega a ser por ti y mi hijo estaría muerto o en coma o Dios sabe qué.

    De repente, entra Jesús a la sala de espera sin dejar de mirar al suelo.

    —Tenemos que llamar a Lucía— suspira— sigue sin decir nada mas que Lucía.

    —Jesús, estoy aquí— musito acercándome a él.

    Se lanza sobre mí a abrazarme.

    —No sé qué coño podría hacer sin él, lo estoy pasando fatal— susurra en mi oído.

    —Volverá a ser el de siempre— suspiro separándome de él depositando un beso en su mejilla— sólo necesito que me hagas un favor— asiente— no le digas que me iré a vivir a Madrid en septiembre, por favor.

    —Entra y luego hablamos eso— sentencia— la 164.

    Le doy otro beso en la mejilla, acaricio su espalda y me dirijo al pasillo de habitaciones.

    162, 163... 164, esta es.

    Doy dos suaves toquecitos en la puerta, ya que raramente cierran las puertas en los hospitales.

    —Lucía— se escucha desde el otro lado de la puerta.

    Entro y para mi sorpresa, está sentado en la camilla.

 

Me llamo Lucía.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora