Capítulo 28

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La peliazul continuaba acomodando esa habitación, ya casi acababa de trapear.

Había comprado una pequeña cama y un mueble que puso a lado de esta, aún continuaba en desacuerdo con las cortinas. La habitación sería para una niña pequeña y las cortinas le inspiraban algo de aburrimiento, y tristeza.

Terminaría por cambiarlas pronto.

Al terminar de trapear, fue a la planta baja. Se dirigió a la cocina por un vaso de agua, la bebió casi toda, luego tomó su teléfono y realizó una llamada.

—¿Hola?

—¡Hola! Perdón, Lapis. Malachite tenía mi teléfono y por eso tardé en contestar —rió.

—No pasa nada... Te llamo porque pasado mañana salgo para allá —suspiró—. ¿Ya le dijiste?

—Oh, sí, ya lo hice.

—Y... ¿cómo reaccionó?

—Está muy emocionada, dijo que quería pasar más tiempo contigo.

—Qué bueno, por un momento pensé que no le gustaría la idea...

—Todo lo contrario —rió—. Tendré listas sus cosas para cuando vengas.

—Gracias.

—De nada, Lapis. Adiós, ¡te quiero!

Lapis rió y colgó. Realmente le tenía un gran cariño a Lilian, y ella a Lapis. Guardó su teléfono en uno de los bolsillos de sus shorts.

Fue a la sala y se dejó caer en uno de los sofás. Miraba al techo, pensando.

La noche anterior había tenido una llamada con Peridot, la razón era obvia, el hecho de que ya no trabajarían juntas.

La peliazul había dicho que no podía continuar así, viéndola todos los días sabiendo que las cosas no estaban bien.

Que era doloroso, incómodo, y no lo quería más. Lo mejor era trabajar cada quien por su cuenta, asignadas en cualquier otra cosa.

La rubia había insistido en que tenían que hablar seriamente, de otra manera, seguirían igual.

Lapis se negó.

Peridot colgó, enojada y desesperada.

La peliazul no había podido dormir bien por eso, se preguntó gran parte de la noche por qué era tan necia.

Quería hablar con ella, pero tenía miedo de seguir discutiendo, de decir o hacer algo de lo que se pudiera arrepentir.

Respiró hondo y se levantó del sofá. Otra cosa pasó por su mente, cuando Jasper la había llevado a su casa, le dio algo al despedirse.

Su número. No le había llamado, pero sí lo había considerado un par de veces. Pensó en que debía decirle acerca de Malachite, pues tenía que hacerlo.

No le importaba mucho cómo iba a reaccionar, con o sin su ayuda, iba a cuidar a su hija. Pero él tenía que estar enterado de que era padre desde hace más de tres años. Y por eso tenía que verlo.

Tal vez esperaría a ir por la niña para decírselo, era lo más probable.

No lo pensó más y marcó el número que estaba escrito en el pequeño papel. Nadie contestó, bufó y decidió hacerlo más tarde. Guardó el aparato y fue a la cocina.

Al acercarse al refrigerador, sintió como perdió la fuerza en sus piernas, como se le nubló la vista. Logró quedarse de pie gracias a que se sostuvo del fregadero, intentando respirar con calma. La cabeza le daba vueltas.

Hazme sentir | LapidotHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora