(17) Como dueles en los labios

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Hace ya una semana que Angel regresó a su país.  Como les aseguré, supe hacer bien las cosas.  Extrañaba las largas pláticas con él; las que ahora estaban reducidas a correos electrónicos.  Nos escribíamos contantemente, pero no mencionábamos nada de los privilegios que tuvimos.

Raúl y yo no acercamos un poco más.  Ahora tenía más tiempo para él, y probablemente el abandono lo hizo ver que, aunque lo amaba, podía perderme si continuaba con sus idioteces.  Había cambiado tanto, que ya hasta quería comprar una casa para que nos casáramos pronto.

No, no, no, no.  No planeo casarme aun, no lo sueñen.  Me falta mucho todavía, pero es bonito sentir que Raúl está pensando en un futuro para nosotros.  Mejor aún, que había vuelto a ser el novio que me encantaba, el que me enamoraba; el detallista.

Safiro no perdía la oportunidad para recordarme a Angel.  Según ella, ese era el hombre perfecto para mí.  Sí claro, un hombre que vivía al otro lado del planeta y a quien solo vi como un amigo.  Lo demás que sucedió entre nosotros fue solamente un bono.

Una noche, luego de salir a comer, Raúl me dejó en mi casa.  Ya era tarde, y al siguiente día tenía que salir temprano para el apartamento, pues irían a arreglar algo que se había dañado en la cocina.

Entré a mi cuarto, y fue entonces que me percaté que había dejado mi teléfono en el auto de Raúl.  Le pedí el teléfono prestado a mi mamá; un préstamo que sería hasta la mañana siguiente.  Inmediatamente llamé a Raúl para decirle.

“Mi amor, te llamo para decirte que dejé mi teléfono en tu auto.  Mañana lo recojo antes de irme” le dije cuando él contestó. 

“No hay problema.  Me quedaré con él; no lo dejaré en el auto.”

“Si necesitas llamarme, me puedes llamar a este teléfono.  Lo tendré hasta mañana cuando vaya a tu casa a buscar el mío.”

“De acuerdo mi vida, te amo.”

“También te amo, Raúl.”

Compartí un rato con mi familia y luego decidí irme a la cama.  Me sentía muy cansada y tenía que levantarme temprano. 

No sé en qué momento de la noche, o de la madrugada, el teléfono sonó.  Me desperté un poco extrañada, y me preocupé al ver que era Raúl.

“Sucedió algo, mi vida?” le pregunté asustada pensando que algo malo había sucedido.

“Me podrías explicar cómo era tu amistad con Angel?”

“Qué?!” fue lo único que pude decir mientras sentía como un golpe de agua fría bajaba por mi alma.  Mi cuerpo frío, temblando y mi rostro caliente, a punto de explotar.

“A qué te refieres, Raúl?” continué cuando conseguí mis palabras. 

“Estoy durmiendo y sonó tú teléfono.  Preocupado que podías ser tú, lo verifiqué y era un mensaje de ese amiguito tuyo” el sarcasmo en la voz de Raúl, mezclado con el coraje, era algo que no se podía explicar; en realidad, sentía miedo.

Me quedé muda, no sabía qué hacer o decir. 

“Qué decía el mensaje?” pregunté cuando reaccioné nuevamente.

“Dice, EN MOMENTOS COMO ESTE, EN LOS QUE ESTOY AQUÍ SOLO, EXTRAÑO TANTO TU COMPAÑÍA… Por él era que no querías venir los fines de semana?  Por ese idiota, Estefanía? Y yo como un estúpido llorando por ti, extrañándote y haciendo sueños para un futuro juntos.  Mientras yo trabajaba para mantener mi mente ocupada, tú te divertías con él?”

“Raúl, no es lo que piensas.  El es solo un amigo.  Lo ayudé mucho en su estadía en la isla.  Raúl, es a ti a quien amo.”

“No me des excusas; pues ellas solo satisfacen al que las da.  Hablamos mañana” me gritó y colgó el teléfono. 

Creo que se imaginarán que no pude dormir el resto de la noche.  Solo supe llorar sin control; qué iba a ser ahora?  Fui una tonta. 

El día siguiente, decidí salir aun más temprano.  Para que seguir posponiendo lo que se acercaba?  Así que recogí mis cosas, me despedí de mi familia y me dirigí a la casa del que, en unos minutos, ya no sería mi novio.

Cuando me estacioné, ya Raúl estaba sentado frente a su casa.

“Hola” le dije acercándome lentamente a él, sin saludarlo a parte de lo que dije.

“Aquí está tu teléfono.  No te preocupes, tu amiguito no envió más mensajes y yo no le contesté nada” me dijo extendiendo su mano para que tomara mi teléfono.

“Raúl, yo…”

“No mientas Estefanía.  Yo confiando en ti, mientras tú… Adivinar que cosas hacías con ese hombre.  Pero no te preocupes, que no voy a romper contigo.  Solo te advierto que me las pagarás cuando menos te imagines.”

“Discúlpame Raúl” le dije sin poder contener mis lágrimas y caminando a mi auto, marchándome de allí. 

El camino fue más largo  que de costumbre.  Lloraba sin control, sintiéndome culpable y arrepintiéndome de lo que hice.  El vacío que sentía en mi alma era algo inexplicable y sabía que no era correcto lo que había hecho, porque todo en esta vida, tarde o temprano, se sabe.

Llegué al apartamento y me alegré profundamente al ver que estaba sola.  Corrí a mi cuarto y entré a la ducha; el sentimiento de derrota me invadía.  Debía morirme, cierto?  Así terminaría esta agonía y Raúl sería feliz.  Habrá alguna manera de quitarme la vida que no duela tanto? 

No Estefanía, tú vales mucho.  Esto es pasajero, y si Raúl no está para ti, llegará otro.  Eres joven, disfruta la vida, todo llega a su tiempo.  Las cosas suceden por una razón. 

El día fue extremadamente largo para mí.  Estaba sola en el apartamento; ya habían arreglado lo dañado, todo estaba limpio y organizado.  No podía concentrarme en los libros y la música no la toleraba; solo me hacía llorar más. 

Nadie con quien hablar, mucho menos de este tema tan delicado.  Podría hablar con mi tía Isabella, pero ella estaba muy ocupada con la escuela de mi prima y los nuevos proyectos de mi tío.  Esto me lo había buscado solita, y solita me las tenía que arreglar.

Sobreviviría, no tengo ninguna duda de eso.  Solo me prepararía mentalmente para el desprecio de Raúl y sus comentarios sarcásticos.  Después que no  hablara lo sucedido con mis padres, no importa lo demás.  Eso lo tenía que cuidar muy bien. 

Labios CompartidosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora